La tribuna

abel Veiga

Final de etapa

SE acaba un orden. Un orden político, el nacido en 1978, el del posfranquismo y consolidación definitiva de la democracia en las elecciones de 1982, la que dejó orillados a un lado a los políticos del franquismo y abrió el escenario al bipartidismo actual. El orden que rigió, emergió y se mantuvo durante el reinado de Juan Carlos I. Alternancia de los dos grandes partidos y disminución del resto de partidos en su representatividad con la excepción de Cataluña y País Vasco donde los nacionalismos son, de un modo u otro, hegemónicos. Espejo y reflejo de una sociedad tan amnésica como impenitente, hedonista como vacua. Ausente por incomparecencia la sociedad civil, nunca articulada, nunca enhebrada la raíz de su poder ser y su fuerza. Nunca ha interesado en este país que exista una sociedad civil abierta, fuerte, dinámica y proactiva.

Treinta y siete años que nos han dejado muchas cosas. Buenas y malas. Silencios y complicidades. Aciertos y errores que han generado desprecio y hartazgo. También comportamientos, éticos y no éticos, y con un denominador común, nadie dimite. No importan imputaciones, ni acusaciones. Todo ha valido. Unos pocos han contaminado a muchos. Se trata de percepciones, pero también de realidades contumaces. Medianía, hipocresía, cobardía y asfixia partitocrática. El sistema de 1978 cambiará. Pese al régimen electoral diseñado y la ley D'Hont, de la que apenas se habla.

Fin de etapa e inicio de una nueva. Y eso no es malo. Avanzar, moverse, regenerarse. El lodazal y la ciénaga en que algunos han convertido el sistema con su deprimente espectáculo es capaz de cambiar, de traer un nuevo momento y una nueva realidad. Exigirá lo mejor de todos, de políticos y no políticos, de nosotros mismos como sociedad o parte de una sociedad desacomplejada y que empieza a estar más comprometida con lo público frente a la pasividad y el silencio cómplice de muchas décadas donde el distraimiento y el desdén hacia la política ha sido manifiesto. Un nuevo orden donde los profesionales de la poltrona verán terminados sus días de vivir perennemente tras décadas de la política y lo público.

Cada vez la sociedad, las personas, están más desencantados con una España de porcelana. Nos ahoga la corrupción. No hay una causa general contra la misma sino una sociedad que acepta generalizadamente la corrupción. ¿Qué fue de la virtud pública?, ¿de la ejemplaridad? ¿de la crítica, del servicio, del recto obrar público? Todas ellas están también en una parte de la sociedad, pero no lo queremos ver. La España que ayer se rompía y se fracturaba. La España donde nadie se atreve a pensar y reflexionar de verdad. La sociedad quejumbrosa que mira hacia la indiferencia. Mimbres retorcidos por el implacable e inmisericorde paso del tiempo y el relativismo moral. Manzanas podridas. La ética de cristal. La ética ahogada por larvas mordientes de una pasividad costrosa. Pautas, comportamientos, actitudes. Demasiada hojarasca. La que no nos deja ver bajo su alfombrado manto caduco de un otoño permanente. La hojarasca que envuelve la cotidianeidad de la política. De la ausencia de crítica. Del lamento vano y vacuo, la reflexión estéril y el cinismo mordaz. La que no nos deja ver, tampoco respirar. La hojarasca que nos devora. Dignifiquemos la política, el espacio de lo público, donde estamos todos, gobernantes y gobernados, Estado y sociedad. Recuperemos la credibilidad, la convicción, la capacidad, la confianza. Que prime el servicio y la democracia, no el partidismo y la autocracia interna.

Es hora de asumir una responsabilidad ética, límpida, objetiva y veraz. No esperemos más, el mañana es tarde. La decadencia y el descreimiento acechan. Después de la democracia sólo hay totalitarismo y autoritarismo. Pero hoy la democracia está zaherida por la percepción de un sistema que da síntomas de agotamiento. Volvamos al reencuentro de la sociedad. También de exigir responsabilidad, a todos, empezando por nosotros mismos. Un nítido realismo de una situación erosionada y donde los valores se han devaluado. Es hora de reivindicar la política y una sociedad comprometida y seria. Recuperemos la dignidad, la decencia, la honestidad. Basta de tanto descaro sin siquiera sonrojo. Rompamos inercias y moldes viciados, actitudes y comportamientos. Exijamos la reparación misma de una sociedad. De un sistema. Legitimidad.

Degradación paulatina. Espectáculo esperpéntico. Hastío permanente. Levantemos la costra. Sin miedo. Porque el desencanto ha llegado para quedarse. Recela de los políticos. Dejamos que lo nuevo se instale en lugar de lo viejo y putrefacto. Regeneremos con firmeza y cirugía. Bisturís claros, también en las cúpulas, los ábsides y los contrafuertes, bóvedas y arquitrabes. Empecemos desde la base. Desde las raíces. Las savias nuevas. Corrupción frente a honestidad, sinvergonzonería frente a decencia y despropósito frente a rectitud definen actitudes, comportamientos, incluso principios. Un nuevo tiempo está empezando en política. No lo vemos o no lo queremos ver de momento. Y no es necesariamente malo.

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