El mordisco en la manzana

Aurora Muñoz / Amunozl@grupojoly.com

Final nostálgico pero feliz

LA gente puede resultarnos simpática, entrañable, graciosa o extraña. También están quienes, con o sin razón, no podemos soportar y luego queda el pequeño reducto de personitas a los que, por poco o mucho que coincidamos con ellos, siempre echamos de menos. Son esos que pertenecen a la selecta categoría de amigos y entre los que, en mi caso, guardo un lugar especial para Pilar Távora.

Mucho llevaba sin saber de la directora de cine y, qué coincidencia, hace un par de noches la llamé justo cuando salía de casa para celebrar el rodaje de su película, Madre amadísima, a la que había puesto punto final la madrugada del lunes. "¡Vente y te tomas una copita con nosotros!", me invitó con intención de compartir juntos un ratito. Pero claro, recién llegado del gimnasio, en tirantes y pantalón corto, como que no me veía adecuado para acudir a tan especial celebración...

Ya habrá ocasiones de brindar por el éxito de la cinta porque, si todo sale como tiene previsto Pilar, su andadura por festivales se prevé larga y, Dios mediante, exitosa. Vamos, incluso me manifestó la intención de presentarla a la preselección de títulos que participan todos los años, allá por finales de Noviembre, en Berlín. "Es un trabajo con valores estético-artísticos suficientes como para intentarlo", reflexionaba tan, tan orgullosa del resultado que hasta daba la sensación como si de su primera producción se tratara.

Quedan por delante varios meses de jornadas interminables de montaje a través de las que concluirá una serie para Canal Sur, su documental "Brujas" y, por supuesto, esta historia en la que, Gala Évora -que hace de mamá del "mariquita" protagonista-, tiene una estremecedora escena donde su personaje recibe una brutal paliza del marido por defender al hijo.

Después de seis semanas y media, a razón de once horas diarias, y de grabar la última toma, que coincidió con el anuncio de la muerte de Franco, pocos miembros del equipo pudieron reprimir el llanto. Experimentar la nostalgia, no para el caso concreto del Generalísimo desde luego, también merece la pena.

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