Por montera

Mariló Montero

Franco y las lentejas

ASOCIO más a Franco con un plato de lentejas que con el hecho de que mataran a mi abuelo. La herencia de quien fuera un dictador me llegaba durante mi infancia desde la voz que emitía mi padre mientras comíamos en la mesa y cuyo empeño radicaba en que lustráramos con miga de pan el dibujo del fondo del plato. Que dejáramos alguna lenteja, cual grafiti flotando sobre una salsa que velaba el estampado floral, suponía para él un desprecio al hambre que se había pasado en España durante la Guerra Civil.

Supongo que era una forma de borrar cualquier tipo de huella. Quienes han sufrido tanto, quienes han pasado necesidad, trataban de educar a sus hijos para que pudieran vivir mejor, por si llegase una vida peor. Por el contrario, mi madre, a quien le arruinaron la vida y la de su familia tras asesinar a su padre, se dedicó a educar a sus hijos lejos del odio o la venganza. A base de silencio.

Desde que Franco muriera hace 33 años, España ha superado las fases necesarias para que esa realidad pasara a ser sólo Historia en los libros. Y en la conciencia social. Aquí comparto con ZP lo de "que esté en el olvido más profundo de la memoria colectiva sería un buen dato". Pero hay un empeño equivocado por parte de algún juez, ley y memorias polarizadas, de volver a servirlo en el plato de lentejas. A los actores y escritores ansiosos por exigir la supresión de la Ley de Amnistía de 1977 -a la que llaman la "ley de punto final"- y promover la investigación exhaustiva de los crímenes cometidos durante la Guerra Civil y la represión franquista, les pediría lo que ellos mismos exigen: vivir en libertad y con decencia.

Franco salió como tema de debate en otra mesa, treinta y tres años después. Hoy somos nosotros los padres, los responsables de la herencia que dejaremos sobre Franco a nuestros hijos. De entrada, es de educación exquisita dejar algo de comida en los platos y que vean a Franco como a Troya o Napoleón, no como un motivo para la ruptura social. Deberíamos estar más ocupados en transmitir desapasionadamente esta historia a una generación que estudia a última hora y solventa sus carencias en la página web del rincondelvago o que confía en dominar la Historia de España a través de las series de televisión. Podría asegurar que un adolescente que haya visto la serie emitida esta semana en televisión sobre los últimos días de Franco, habría echado de menos al doctor Vilches, por la similitud con un capítulo de Hospital Central, debido al alejado músculo documental. Que los examinadores estén preparados para cualquier versión humorística del Generalísimo. Dejemos la Historia a los historiadores desapasionados y a las generaciones postfranquistas libres de los pecados de otros.

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