EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Funerales laicos

EN enero de 1950, cuando estaba muriéndose de tuberculosis en un hospital de Londres, George Orwell pidió que lo enterrasen "según los ritos de la Iglesia de Inglaterra en el cementerio más próximo". La petición no tendría nada de raro, si no fuera porque todo el mundo sabía que Orwell era un agnóstico que se había pasado la vida atacando a la iglesia anglicana, a la que consideraba cómplice de las desigualdades sociales. Pero supongo que Orwell sabía que la muerte es un misterio del que nada sabemos, y que tal vez sea mejor emprender ese viaje en las mismas condiciones en que lo han emprendido nuestros padres y nuestros abuelos. Es probable que los ritos de una ceremonia eclesiástica sean pomposos y absurdos -y lo son-, pero no son menos pomposos y absurdos que los de cualquier otra clase de ceremonia laica que podamos imaginar.

A mí me pasa algo muy parecido a lo que le pasaba a Orwell. Soy agnóstico, pero prefiero -tanto para mí como para las personas que quiero- un funeral religioso a un funeral laico, siempre que el sermón lo diga un cura que sepa juntar las palabras (cosa bastante difícil, dicho sea de paso). La muerte de una persona querida te deja expuesto al desamparo más absoluto. Y una iglesia al menos te proporciona un mínimo sentimiento de protección. No es que sea mucho, desde luego, pero es algo. En la Edad Media, los criminales que se escondían en las iglesias no podían ser detenidos porque se habían "acogido a sagrado". Y eso es lo que me pasa en los funerales eclesiásticos: siento que me he "acogido a sagrado", y aunque sepa que ahí afuera me están esperando los colmillos de la vida y del dolor, allí dentro puedo sentirme a salvo, aunque sólo sea por un instante. Es sólo un engaño, sí, pero cuando ocurre la muerte de una persona próxima, todos necesitamos engañarnos. Y una iglesia -o una mezquita, o una sinagoga- es el lugar donde se han ido acumulando las emociones más profundas de una comunidad. Allí la gente ha rezado y ha pedido perdón y ha suplicado por una vida mejor. Puede que eso nos parezca muy poco, pero en un momento como la muerte no tenemos mucho más.

Y además, los funerales laicos -basta pensar en el de Terenci Moix- suelen ser ceremonias desangeladas en las que la propia frialdad del acto obliga a los invitados a sobreactuar como malos actores incapaces de aprenderse el papel. Una ceremonia laica no suele ser más que una violonchelista vestida de negro tocando frente a un atril con cara de aburrimiento. Sí, ya sé que es absurdo imponer funerales religiosos en un país aconfesional, y que por ello sería mucho más lógico que los funerales de Estado fuesen ceremonias laicas. El problema es que esas ceremonias deberían expresar emoción. O como mínimo, expresar algo.

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