La tribuna

rafael Rodríguez Prieto

Fútbol y nacionalismo

EL Barça seguiría jugando la liga española, aunque Cataluña se independizara". Los candidatos a la presidencia del Barcelona ofrecieron esta tardo-adolescente respuesta a los periodistas poco antes de situar al club de fútbol como un ariete relevante del independentismo. Todos los candidatos se adhirieron a las tesis de la lista de ERC-CDC. Con dicho acto, no sólo obviaron que el Barça es un equipo con seguidores en el resto de España, entre los que destaca mi padre; también despreciaron la opinión y el sentimiento de los aficionados que dentro de Cataluña no comparten las tesis de Mas o Junqueras y sus satélites hipersubvencionados.

España es un país muy curioso. Cuenta con una bandera con 230 años creada con una intención meramente utilitaria. El objetivo era que el enemigo no confundiera nuestros barcos con los del resto de las monarquías borbónicas. El rey Carlos III convocó un concurso con dicho fin. El himno también tiene una historia semejante. Hasta 1997 ni siquiera el Estado tenía los derechos sobre el mismo. Tengo entendido que se hizo con ellos gracias a un periodista. Probablemente, los españoles seamos los ciudadanos del mundo con símbolos estatales menos nacionalistas. No obstante, todo lo que pudiera faltar de ardor nacional estatal ya lo están cubriendo los nacionalismos patrios. ¡Y de qué manera! Hasta la náusea.

Unir fútbol y política es muy peligroso. De hecho, el Estrella Roja de Belgrado es un buen ejemplo de hasta dónde puede conducir el uso de símbolos tan poderosos como una camiseta con un escudo. El fútbol tiene la capacidad de conciliar contrarios, pero también de fragmentarlos. Gente que ni se estrecharía la mano en la vida social son capaces de abrazarse si portan la misma bufanda. Al contrario: si deseas enfrentar a personas que no tienen nada en contra, jugar la carta del deporte puede ser decisivo. Eso lo saben los nacionalistas, que para eso llevan estrujando los símbolos a su antojo desde hace décadas, ante la permisividad enfermiza y acomplejada de Madrid. Por eso insisten tanto en las selecciones deportivas. De hecho, la más poderosa y eficaz declaración de independencia tendría lugar el día en que desapareciera la selección que une todos los territorios de España.

Los políticos no están dispuestos a perder una baza tan decisiva. Los actos de desprecio en los campos de fútbol de España a cualquier elemento común son muestra de ello. Estas acciones representan un fanatismo homogeneizador nacionalista, patrocinado durante décadas por los mismos que arrastraban a las masas aborregadas a recibir a Franco. Los mismos que, de la mano de ilustres franquistas locales, recibían incontables beneficios de la dictadura, mientras explotaban a los olvidados del sur. Hoy esa misma burguesía vasca o catalana ha cambiado el águila por la estelada o el haz y las flechas por la ikurriña. Eso sí: continúan cultivando el tan hispánico y rancio nacional-catolicismo. No hay más que ver a las monjas independentistas o al clero vasco al que durante tanto tiempo le asqueó oficiar un funeral por un guardia civil de Badajoz.

Los mismos que en el fútbol portan banderas que incitan al odio -como la estelada- llamarán llorando a la Guardia Civil o al ejército si se encuentran en una montaña a la que nadie, salvo estos "opresores", osa llegar. Serán los mismos que pidan auxilio ante un incendio o una inundación a los que realizan un trabajo abnegado e incomprendido por una sociedad española cada vez más irresponsable, conformista e inculta. Riojanos, murcianos, catalanes no nacionalistas o andaluces somos también corresponsables de esta situación.

Durante la última final de Copa, los mismos que rivalizaban entre sí en decibelios, en pugna por el título del más castizo, vestían camisetas que anunciaban un país en el que se cuelga a los homosexuales, se denigra a mujeres o se financia el extremismo islámico. No está mal como metáfora, ¿verdad? Los otros, una camiseta que anuncia una empresa líder en contaminación ambiental y participada mayoritariamente por otra que antaño constituía el monopolio público español de hidrocarburos. Por cierto, su actual presidente era el antiguo líder de un partido nacionalista fundado por un racista. Paradojas de la vida: los "oprimidos" se hacen cargo de las empresas privatizadas de los "opresores" y además lo hace un político. No va más.

Los nacionalistas han anunciado que, mientras llevan a cabo la secesión, seguirán presentándose a las elecciones generales. ¿En qué quedamos? Me recuerdan a ciertas compañías de móviles, pero al contrario. Mientras te desconectas no haces otra cosa que pagar. Los nacionalistas cobran. Y tampoco me cabe duda de que jugarán la liga española, en vez de la qatarí, y tendrán el euro en vez de la peseta payesa, y hasta Merkel se les cuadrará cuando entre triunfalmente en un consejo europeo. ¡Menudos genios!

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