La tribuna

Jaime Martinez Montero

Fútbol y política

Estimado presidente Laporta: parece ser que el Barça se va a convertir en la "esencia de la catalanidad" y va a extirpar de sus señas todo lo que no le venga bien a esta definición previa. De este modo, cuando un equipo juegue contra el Barça, lo hará frente a algo más: una especie de selección nacional catalana.

Un primer problema derivado es que representando el Barcelona todo lo que hemos dicho antes, los errores que cometan los árbitros, las patadas y agresiones de los futbolistas, las declaraciones chuscas o calientes de los directivos de otros equipos, ¿se van a entender como agresiones directas a Cataluña? Si el Barça es más que un club, ¿una patada va a ser más que una patada?, ¿un penalti injusto en contra va a ser una ofensa a los que viven y sienten Cataluña? Sería bueno, sr. Laporta, que delimitara muy bien los aspectos ideológicos y nacionalistas del club, y acotara un territorio puramente futbolístico, en el cual manifestaciones, agresiones, rechiflas, malos arbitrajes, etcétera, se reduzcan a ese ámbito y no alcancen resonancias políticas inadecuadas. Entre otras cosas porque si las agresiones al Barça se pueden convertir en agresiones a Cataluña, también las agresiones del Barça a otros equipos pueden ser interpretadas como agresiones de Cataluña a otros territorios. Porque no se le olvide que al Barça también le pitan faltas injustas a su favor, y sus futbolistas dan patadas y escupen, y su afición se mete inmisericordemente con otras partes de España.

¿Qué hacemos con los futbolistas? ¿Se deben integrar en la cultura catalana y aprender el idioma? Tal vez un equipo de fútbol de alta competición tenga reglas que impidan la realización de este deseo. Por ejemplo, ¿va a servirle de algo a algún jugador su nivel de integración cuando el míster decida prescindir de él? ¿Va a representar alguna ventaja para el futbolista dominar el idioma? ¿Va a tener más oportunidades para ser titular el que más se esfuerce que el que racanee con los estudios o no se aplique lo suficiente con los verbos irregulares? La integración, el idioma, ¿cómo no? Pero, eso sí, cuando dejen de interesar, a la calle y a otra cosa. Fíjese en lo que le hubiera valido a Deco haberse catalanizado al cien por cien, o a Oleguer lo que le han tenido en cuenta ser tan catalán.

Creo, sr. Laporta, que hay dos graves errores de base en su planteamiento. El primero consiste en delimitar el significado del club, su imaginario, identificándolo con el contenido que le dan unas personas y unos grupos y retirándole el sentido que otros aficionados le otorgan. Eso es recortar sin obtener beneficios a cambio. El Barça es de todos en tanto en cuanto todos puedan pensar que encaja con alguna de las cualidades que le atribuye o con los aspectos que él le exige a un equipo de fútbol. Para un nacionalista catalán, el Barça es un símbolo político, pero para otro aficionado la catalanidad del club consiste en la modernidad de lo catalán, lo agradable de sus visitas a Cataluña, el mar, un modo de ser que, se piensa, vendría bien que fuera adoptado por más comunidades españolas. A otros, sin más, les gusta el juego que desarrolla el equipo. En fin, por no agotar las posibilidades, los más talluditos podían ser del Barcelona como una manera poco peligrosa, pero testimonial, de oponerse a Franco, aquel general cuyas complacencias se vertían en el Real Madrid. ¿Qué problema hay en que cada aficionado revista al Barcelona del significado que mejor le parezca? Para unos, la catalanidad; para otros, el cosmopolitismo; para éstos, el espíritu de un pueblo con iniciativas y laborioso, para aquéllos, un estilo definido de jugar al fútbol; etc. Hasta ahora, todos hemos cabido en el Barça. No haga una definición del club que expulse a muchos. Fíjese en la Iglesia y en lo poco que ha precisado en qué consiste el cielo. ¿Qué hay en el cielo? Pues lo que cada uno se imagine y crea más deseable. ¿No se trata de que los hombres deseen ir allí? Pues adopte el modelo para el Barça.

El segundo error es que creo que un club de fútbol no es un buen lugar para ser utilizado como plataforma de ideas políticas. No por nada, sino por aquello de que cada cosa debe estar en su sitio. Hoy en España -y, naturalmente, en Cataluña- hay instituciones y oportunidades para hacer política. Hace cuarenta años no, pero ahora sí. De la misma forma que no tendría sentido que un político en el poder se aprovechara de su cargo para favorecer, promocionar y hacer prosélitos a favor de su equipo de fútbol, tampoco lo tendría que un presidente de club utilizara el mismo para hacer política.

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