El análisis

Jerónimo / Molina / Economista Y Director Del Instituto De Estudios De La Fundación Cajamar

¿Galgos o podencos?

En la actual coyuntura, Andalucía debe apostar por la industria y los servicios ligados a la I+D, especialmente en el sector que mejor conocemos: el de la alimentación

T ANTO el mundo de la política como el de la economía están enzarzados en la bizantina discusión de si hay desaceleración o crisis. Bueno, ¿y qué más da? La realidad es que antes se creaba empleo y ahora se destruye; que antes los precios se mantenían más o menos estables y ahora aumentan; que había superávit en las cuentas públicas y ahora hay déficit; que había exceso de liquidez y ahora hay escasez de dinero; en definitiva, que antes el crecimiento económico era muy intenso, y ahora es cada vez menor. ¿Y qué más da cómo se llame esta situación? Lo que hay que hacer es correr.

En este sentido, merece la pena detenerse en el origen etimológico del término crisis, que proviene del griego krisis y significa "elegir" o "decidir". Es decir, se refiere al proceso habitual en el que surge una encrucijada y nos vemos obligados a decidir y, en consecuencia, a modificar los comportamientos que veníamos manteniendo.

Pero ocurre que la tendencia del ser humano es hacia la inmovilidad y, mientras las cosas funcionan más o menos bien, se conforma y prefiere acomodarse a la rutina. Por eso, muchas veces ignoramos los síntomas de crisis cuando éstos comienzan a aparecer; preferimos no reconocerlos para no alterar la tranquilidad de la que disfrutamos, e incluso nos molestamos con los agoreros que nos la quieren arrebatar anunciando los problemas.

En cualquier caso, en la situación actual de la economía andaluza, española y mundial, está claro que hay que elegir y decidir en qué dirección hay que correr. Estos cambios de rumbo no hay que verlos como una situación negativa ya que, si se aprovechan convenientemente, abren una nueva etapa de cambios que permite: por una parte, realizar los ajustes necesarios, el saneamiento de partes del sistema que se han ido deteriorando y, por otra, elegir el nuevo camino que abrirá nuevas expectativas, nuevas ilusiones, nuevos métodos, nuevos proyectos.

Correr supone acelerar el ritmo de la economía. Para ello lo primero que hay que decidir es en qué dirección se puede avanzar y por dónde no hay que hacerlo. Como es bien sabido, el patrón de los últimos años está agotado: el crecimiento basado en el consumo y en el sector inmobiliario ya no da más de sí, y en esto sí parece haber un consenso general. Por lo tanto, empeñarse en reactivar la economía sobre estos pilares no parece lo más indicado.

Está claro que la dirección hacia donde hay que correr es hacia la industria y los servicios. Pero hacia unas industrias que se impliquen en el entramado social y que estén relacionadas con las del conocimiento. Durante el siglo XX las mayores fábricas de automóviles del mundo se ubicaban en Detroit. Hoy se han deslocalizado y desparramado por todo el mundo, pero los centros de investigación, de marketing y, sobre todo, la toma de decisiones se continúa haciendo en Detroit. Igual pasa con la producción de frutas y hortalizas en Europa. Si bien a principios del siglo pasado gran parte de la producción se llevaba a cabo en Holanda, hoy ésta ha disminuido y a Europa llegan productos de todo el mundo, pero Holanda sigue manteniendo gran parte del control sobre la distribución a los mercados consumidores y sobre los inputs necesarios para la producción y su comercialización.

No se pueden confundir los procesos industriales en los que somos gregarios con aquéllos en los que podemos liderar la gestión del conocimiento. A veces nos seducen con la ubicación de grandes fábricas que van a generar mucho empleo a cambio de cuantiosas subvenciones, a pesar de que su imbricación en nuestro tejido social sea escasa y que, además, las decisiones de invertir o desinvertir se tomen fuera (y en consecuencia al margen) de nuestro territorio. En Andalucía, por el contrario, hemos de correr hacia nuestra industria del conocimiento, que no es otra que la alimentación. Desde siempre la alimentación ha sido el eje central de todas las civilizaciones, aunque en cada situación esto se manifieste de una forma diferente. Hoy, en nuestra cultura, la demanda de alimentación presenta tres frentes distintos pero altamente relacionados con la investigación, la innovación y el desarrollo.

El primero proviene de la intima relación entre alimentación y salud, que hace que cada vez sea mayor la demanda alimentos nutraceúticos o funcionales, dietéticos, enriquecidos o bajos en calorías. Situación que, sin duda, irá a más y que permitirá la incorporación de valor añadido a los productos agrarios.

Un segundo campo de oportunidades que se abre en esta industria es el relacionado con la manera de preparar los alimentos, que está muy influida por la forma de vida de los consumidores. Los precocinados, deshidratados, envasados al vacío, han propiciado un amplio recorrido en lo que se conoce como cuarta, quinta y sucesivas gamas de preparación de los alimentos, las cuales demandan, a su vez, importantes desarrollos tecnológicos.

Finalmente, otro de los aspectos que ofrecen oportunidades creativas viene determinado por las nuevas formas de distribución, que exigen, indivisiblemente unidos a los alimentos, servicios de logística, códigos de barras, etiquetado nutricional, merchandasing, etc.; lo que también requiere tecnología, al tiempo que incrementa el valor de los productos.

Si a lo anterior le añadimos la fabricación de los inputs necesarios para todo el proceso de producción y distribución, resulta que investigar en ciencia y tecnología de los alimentos es hacerlo en los campos más avanzados del conocimiento actual, y ése es el camino por el que correr sin preguntarse si son galgos o podencos los males que nos persiguen.

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