la tribuna

Abel Veiga

Galicia y País Vasco: lo previsible

GALICIA: la incertidumbre concluyó. Hubo mayoría absoluta de Núñez Feijóo. Apoteósica después de todo. Era un todo o nada. Si no hubiera conseguido la absoluta, todos hablarían de derrota, también del presidente del Gobierno. No se presentaba Rajoy, y así lo entendieron mayoritariamente los gallegos. Los gallegos votaron en clave gallega. Primero Galicia. Votaron a lo seguro, la gestión, la seriedad. Era el candidato más valorado. En campaña había acuñado la expresión sentidiño, sensatez, prudencia. Avalaron la fiabilidad. Evitaron caer en la aventura de un tripartito incierto. No creyeron a una oposición que no supo ni quiso serlo durante casi cuatro años y no ofreció una alternativa creíble de gobierno, de salida a la crisis.

Fue una campaña electoral muy inteligente. Sin errores, sin entrar en trampas ni en confrontaciones dialécticas. Pese a que las hubo. Una campaña en clave absolutamente personal. Núñez Feijóo era y es el mejor activo ahora mismo para el partido en Galicia. Tal vez ya no sólo en Galicia. Sabían que la indecisión y la abstención no les terminaría perjudicando. Alarmante cifra de abstención, pero en la línea de otros comicios anteriores. Un millón de gallegos no acudieron a votar. Convicción de que no se avizoraba cambio, tal vez. De un Parlamento tricolor, como desde hace más de una década, pasamos a uno cuatricolor.

Desplome de los socialistas. Siguen pagando el desastre del gobierno de Zapatero. La sangría no cesa, ni en Andalucía, ni tampoco en el País Vasco, donde son desalojados por el momento del poder, salvo una reedición de un bipartito como en época de Ardanza. El final político de Vázquez. No era un buen candidato. Aprovechó la coyuntura, el adelanto electoral que hizo que no hubiera que convocar primarias, pero incluso en su circunscripción natural, Orense, la ejecutiva provincial en un primer momento le situó en el cuarto puesto. Los pretorianos aguardaban el derrumbe, lo tienen. Pero no ofrecerán nada nuevo. Renacer o reinventarse, de lo contrario, tanto en Galicia como en cualquier otro rincón de España, el Partido Socialista camina hacia la irrelevancia. Quiso copar un discurso nacionalista, pero estos electores prefieren el original, no la copia. No tuvo su apoyo, ni del otrora todopoderoso José Blanco, que si no fuera por su imputación y a la espera de un sobreseimiento, pilló a pie cambiado el adelanto electoral a octubre, tampoco el apoyo de otros barones gallegos.

Caída estrepitosa del Bloque, lleva haciéndolo una década y media. Fractura, ruptura y escisiones han acompañado el último año. El desencuentro ha sido total. Es la catarsis, la debacle que la UPG -Unión do Pobo Galego- marxismo puro, noventayochista sin duda, el verdadero bastión de poder dentro de la formación, radicalizada y escorada, distante de la ciudadanía, paga en su cabeza de lista, Jorquera, desconocido sobre todo en Galicia. Dialogante pero ignoto, paga los platos rotos. Y es que el Bloque era y fue Beiras durante mucho tiempo, hasta que le defenestraron. De un único diputado hace treinta años lo llevó a su techo a finales de los noventa con dieciocho parlamentarios. En una alianza contra natura y que probablemente sólo será circunstancial con Izquierda Unida, ha tocado el cielo, el resurgir cual ave fénix. Nueve actas. Supo recoger el voto de los descontentos, de los indignados. Capitalizar a la juventud.

Rajoy respira, aliviado, Feijóo es su talismán. Hay y tiene futuro. Le salvó en 2009 cuando muchos, tras el congreso de Valencia del junio anterior, no le auguraban llegar a las próximas generales. Preocupación para aquél en el País Vasco y dentro de un mes en Cataluña. Deriva soberanista, frentista y reivindicativa absoluta. Galicia le da un sosiego, gratificante. Lo esperaba. No le ha fallado, pero no por él, sino por Núñez Feijóo. El mejor valor que hoy tiene el partido. Y ya tomarán buena nota en Génova, algunos que piensan en el posmarianismo.

País Vasco: gana el nacionalismo, arrasa. El conservador pierde escaños, pero gana. La irrupción de Bildu, o sin la careta, Batasuna, más adláteres, es brutal. Veintiún escaños o actas dan buena vista de la radiografía real de la sociedad vasca. Ética y moral se relegan. Euforia en el mundo abertzale. Cinco décadas después del asesinato y la extorsión, el miedo y el chantaje, el silencio atroz y mirar hacia otro lado, los batasunos entran con fuerza en la vida política vasca. Las pistolas callan, pero no las han entregado sus cómplices terroristas. Los que pidieron el voto desde las cárceles para Bildu. Cara amable la de Mintegui.

El PNV puede formar gobierno con quien quiera. Jugará. No lo hará con Bildu, salvo para formar un cierto frente dialéctico de tensión soberanista hacia Madrid. Pero salvo eso son dos mundos antitéticos. O gobierna en solitario con apoyos puntuales, o intentará formar una coalición con socialistas, pero sin López, el gran perdedor. Desplome de los socialistas, absoluto. Pagan todos los errores, propios y ajenos. Era coyuntural su paso por el gobierno. Oxígeno y nuevas formas, pero con el tiempo tasado, hasta que el mundo abertzale volviese. El PP se deja más de ochenta mil votos. Preocupante. Han sido relegados. Preocupación ante el escenario vasco y la posible deriva también independentista. Todo es posible.

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