EL sueño americano, ese que promete que cualquiera, por baja que sea su cuna, oscura que sea su piel y míseros que sean sus orígenes, puede llegar a lo más alto si pone esfuerzo, determinación y fortaleza en su empeño, se ha alcanzado con el triunfo incontestable de Barack Obama tras las elecciones más participativas -en las urnas y antes de las urnas- de la historia de Estados Unidos. Ganó el negro y, de algún modo, lo han festejado todos los negros del mundo.

No hay que quitarle ningún mérito, sino todo lo contrario. Sólo con recordar que cuando los padres de Obama se casaron ese matrimonio de negro y blanca era ilegal en algunos estados y que en parte de su país los negros no podían viajar más que en la parte trasera de los autobuses y tenían que entrar en la escuela con protección policial, ya se constata la dimensión épica de lo que ha sucedido ahora. Las barreras de la raza han caído, el sueño de Martin Luther King se ha hecho realidad al máximo nivel pensable, el cambio ha llegado.

Ha sido gracias, también, al demérito ajeno. Tener enfrente a la Administración Bush -con su sombra negra ineludiblemente proyectada sobre el candidato McCain- le ha ayudado mucho. La etapa de Bush ha sido nefasta en casi todos los sentidos. Cierto que ha debido lidiar con problemas inmensos, pero lo que ha demostrado, sin asomo de duda, es que no estaba preparado para acometerlos. Sólo por la guerra de la gran mentira -Iraq-, respuesta equivocada, falaz y deliberadamente tramposa al brutal terrorismo islamista, su gestión es de las peores entre los cuarenta y tres presidentes USA.

Deja una herencia que va a poner a prueba la entidad real de Obama: la pesadilla inconclusa de Iraq, el pantano de Afganistán, la más pavorosa crisis económica en un siglo y, sobre todo, la búsqueda de una nueva legitimación de Estados Unidos como gran potencia. Creo que esto último, que supone refundar el imperio sobre bases distintas y asumir las consecuencias de la multilateralidad del mundo, no le será especialmente difícil.

Tiene ante sí, el presidente negro, un gran tajo. Quizás ha generado tantas expectativas que será inevitable la frustración de algunas de ellas. Ya hay quien se pregunta cómo va a convencer a sus aliados para que aumenten su aportación militar a la misión afgana y, en general, a su propia defensa, cómo va a justificar sus anunciadas promesas de proteccionismo económico o cómo va a construir el prometido sistema nacional de salud y reformar la educación sin subir los impuestos y en plena recesión.

Ojalá Barack Obama no sea una esperanza fallida más. Ojalá demuestre ser lo que aparenta. Ojalá su sueño no cumpla el destino de casi todos los sueños, que es corromperse sin remedio.

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