Sine die

Ismael / Yebra

Generación perdida

SE suele utilizar el término generación perdida para referirse a aquella que sufrió determinadas condiciones y circunstancias adversas que le limitarían de forma decisiva y para siempre. Niños de la guerra, jóvenes sujetos a regímenes dictatoriales, crisis económicas nacionales e internacionales, suelen ser las causas más frecuentes de que ese título se le otorgue a toda una generación.

Se podría recurrir a aquella respuesta de Gila cuando le preguntaban cómo estaba su mujer y decía: ¿Comparándola con quién? Ahí está la clave. En valorar lo que se gana y lo que se pierde. Lo que podría haber sido nunca se sabrá, pero lo que fue y lo que dejó de ser si es un hecho constatable. Por eso me temo que la generación de nuestros hijos, al menos la de los míos, la que ha nacido en la década de los noventa, tiene todas las papeletas de convertirse en una generación perdida. Sobre todo porque se han criado en la abundancia y habrán de vivir y educar a sus hijos en la estrechez.

Los aduladores no se cansan de repetir el soniquete de que es la mejor preparada de la historia, pero olvidan que una cosa es tener títulos y otra estar preparados. Aquello tan cierto de que hay quien sabe la asignatura, pero no la ciencia. El mundo que los puretones y progres resultantes de los postulados del 68 hemos dejado a nuestros hijos no les interesa lo más mínimo ni parece ser el mejor de los posibles. Ven una sociedad llena de materialismo, un sistema corrupto, un futuro incierto. La imagen del maletilla que se jugaba la vida con la idea de salir de la pobreza ha sido sustituida, más bien actualizada, por la denominada cultura del pelotazo. No se valora el trabajo a medio o largo plazo, sino lo inmediato, el logro de objetivos con el mínimo esfuerzo.

Aceptan con gran docilidad el hecho de ir a buscar trabajo al extranjero. Las universidades expendiendo títulos y vendiendo másteres para engrosar sus arcas; el graduado, en el mejor de los casos, encontrará un trabajo en precario. Jornadas de diez horas, comida sin salir de la empresa y sueldos de ochocientos euros. ¡Todo un logro social! Es triste que piensen que sobran en su país. Les queda el consuelo de los programas televisivos sobre emigrantes españoles en los que todos viven en grandes mansiones y se pasan el día haciendo pesca submarina. Un mundo feliz. ¿No les recuerda esto a Alfredo Landa en Vente a Alemania, Pepe?

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