Coge el dinero y corre

fede / durán

Gina la malquerida

LANG Hancock se perfumaba con leyenda cada vez que contaba cómo descubrió la Pilbara, tierra antiguamente salvaje del noroeste australiano. Un día, a los mandos de una avioneta y obligado por las fuertes lluvias, rebajó la altitud y sorteó desfiladeros tan extremos que pudo observar, en las paredes de la roca, manchas evidentes de óxido. Era una señal. Allí se escondían enormes reservas de hierro y acero, los ingredientes de una espléndida fortuna. Hancock explotaba a los aborígenes y defendía la eugénesis, pero sembró la semilla de un imperio. Y fue su hija, Gina Hope Rinehart, la encargada de darle al sueño la dimensión apropiada.

En realidad, la Pilbara fue descubierta por un geólogo al servicio del Gobierno en el siglo XIX. En realidad, Hancock no era tan buen gestor. Gina, en cambio, sí. Multiplicó el patrimonio heredado tras una dura disputa con la mujer filipina del padre. Y destrozó un puñado de marcas en la liga de los ricos.

Gina la heredera (término que odia), se convirtió en 2010 en la mujer más rica de Australia; en 2011 en la persona más rica del país sin distinción por género; y en 2012 en la mujer más rica del planeta (perdió el título en 2013 por culpa de Liliane Bettencourt, la reina de L'Oreal). Mamó la pasión por la minería. Papá Hancock decía de ella que era mucho más dura que él mismo para los negocios. No se equivocaba: años después, se pelearían irreconciliablemente. Lejos quedaban los tiempos dorados, fácilmente retratables: Cuando Gina logró el carné de conducir, el patriarca se presentó en su colegio con un abanico de diez coches donde elegir. Su marido, Frank Rinehart, abogado americano metido en algunos líos con la justicia, falleció en 1990. Papi Hancock en 1992. Desde entonces Gina, de 58 años, ha crecido en millones de dólares (tiene 30.000), kilos (papi era implacable en este asunto) y enemigos, incluidos tres de sus hijos.

Sus compatriotas la detestan y la temen. Odia aparecer en público (sin dejar de ser vanidosa), odia a los medios (aunque haya comprado varios), odia los cotilleos (existen al menos dos biografías suyas y se preparan al menos dos biopics) y odia pagar impuestos. El Gobierno conservador amagó en 2010 con un supertributo a la minería que le costó el puesto al promotor de la idea. Su imperio se cimienta en Hancock Prospecting, una especie de megadealer del sector: busca yacimientos, negocia acuerdos a varias bandas y recauda derechos de explotación. Asia es el gran cliente, pero los ingleses llegaron primero. Rio Tinto firmó con Lang uno de los primeros contratos. Hoy cuenta con 14 minas en la Pilbara. Para que se hagan una idea de lo rentable del negocio, sólo por explotar una de ellas, los británicos pagan al año 2.000 millones de dólares.

Vanidosa, apuntábamos. Y sedienta de reconocimiento. Lástima que ahí no mande el dinero. La revista Woman's Day propuso en 2012 elegir a siete leyendas vivientes de la nación. Gina obligó a sus empleados a votarla. No logró colarse en la lista. El amor hay que regarlo.

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