La tribuna

antonio Porras Nadales

El Gobierno de Europa

MÁS allá de las complejidades o incertidumbres de toda campaña, o de las singularidades de cualquier elección, un proceso democrático tiene siempre el mismo punto de llegada: el Gobierno. Con las innovaciones introducidas en el sistema europeo, este Gobierno debe ajustarse a pautas parlamentarias que se inspiran en el principio de confianza política que da la mayoría. Cuáles vayan a ser las relaciones entre esa mayoría que gobierne y la oposición resultan ser hasta cierto punto un aspecto secundario.

Las elecciones de este 25 de mayo han expresado fundamentalmente un enfrentamiento entre fuerzas europeístas y antieuropeístas, con todos los matices que en cada país concreto pudieran producirse. Es una tensión que se superpone a la tradicional dualidad izquierda-derecha, que sigue subsistiendo, pero, aunque parezca paradójico, seguramente ha resultado ser un eje de tensión de menor relevancia en cuanto a sus resultados finales para el Parlamento Europeo.

Naturalmente siempre podremos empeñarnos en lecturas localistas de cada país o región que, sobre la base de la habitual participación siempre baja en las elecciones europeas, nos darán al final resultados bastante precarios. Aunque puede que estas lecturas lleguen a tener un sentido bastante agónico en algunos países concretos como Francia o Inglaterra. Pero en nuestro caso, ni es muy significativa la victoria popular en España ni la socialista en Andalucía.

Ahora bien, si nos situamos dentro del espectro de las mayorías de gobierno para Europa, parece que el reajuste entre derecha e izquierda no presenta cambios espectaculares: es decir, se mantiene una amplia mayoría europeísta, que apenas se reajusta respecto a los anteriores resultados, pero que acaso ahora deberá enfrentarse al desafío de reorientar sus estrategias de oposición no tanto en el eje derecha-izquierda, sino más bien en clave de enfrentamiento entre el bloque europeísta frente el amplio abanico de fuerzas antieuropeístas.

Por supuesto, no cabe ahora rasgarse las vestiduras ante la eclosión de fuerzas políticas de esta naturaleza: el dramático impacto de la crisis ha forzado evidentemente todo tipo de reacciones ciudadanas que, a veces, encuentran su acomodo en candidaturas inspiradas en la protesta, la crítica o la negación. Cada cual es muy libre de expresar sus sentimientos o sus sensaciones ante la realidad.

Pero si nos situamos en torno al eje central del Gobierno europeo, seguramente es el momento de recordar lo que hasta ahora se venía afirmando reiteradamente: que el gobierno de Europa tenía más bien un estilo alemán. Y acaso es posible que tal estilo alemán pueda desplegar ahora todas sus potenciales ventajas. La lógica de la "gran coalición" entre derecha e izquierda, tan característica del proceso alemán, tendría ahora su proyección en términos de europeísmo frente a antieuropeísmo, y en consecuencia, las claves de consenso entre las fuerzas mayoritarias serían mucho más accesibles.

No se trata exactamente de que los grupos popular y socialista formen un Gobierno de coalición europea. Pero sí es evidente que van a tener ahora pautas de consenso parlamentario mucho más intensas que en el pasado, frente a un conglomerado de fuerzas antieuropeístas que se van a configurar en la práctica como la auténtica oposición en el Parlamento Europeo.

En todo caso, se trata de una clave que aseguraría la gobernabilidad de la Unión Europea: el bloque de populares, socialistas y liberales parece conformar un núcleo lo suficientemente sólido como para hacer frente a la vorágine de fuerzas heterogéneas que se sitúan en torno a proyectos difusos de sentido antieuropeísta.

Suele decirse que los grandes avances de la Unión Europea se han producido siempre en momentos de crisis o incertidumbre, situaciones coyunturales de marasmo social o institucional: como si fueran saltos imprevistos, forzados por la presión de las circunstancias históricas; pero que, hasta ahora, han permitido un avance en el proceso europeo.

Es posible que los resultados de estas elecciones permitan forzar una mayoría de consenso parlamentario que, al mismo tiempo que asegure la gobernabilidad, permita abordar los fundamentales avances que Europa necesita. La nueva dialéctica mayoría-oposición seguramente tendrá ahora un sentido diferente, forzando la formación de nuevos consensos capaces de responder a los desafíos inmediatos de la Unión.

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