Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Golpe a golpe

PARECE que estamos condenados a repensar nuestras leyes, nuestros valores morales y nuestro sistemas de convivencia a golpe de tragedia. Que somos incapaces de prever, anticipar y calcular sin la enseñanza violenta de los errores y el dolor de los crímenes, que la realidad siempre nos sorprende con sus golpes terribles y nos rompe los esquemas de una forma pavorosa e imprevista. Parece que nuestros sistemas morales están obligados a cambiar al albur de los desastres que nos sobrevienen con una puntualidad vengativa. Primero Mari Luz, ahora Marta. Uno nos hizo recapacitar sobre los errores judiciales que se fraguan en los nidos de la burocracia; el otro nos está ayudando a pensar sobre los demás y sobre nosotros mismos. El caso de Mari Luz nos previno de los peligros que acechan a nuestros hijos, y el de Marta nos apresta contra ellos.

Este brusco sistema pedagógico es eficaz, pero acarrea muchos peligros. El otro día escuchaba en televisión las opiniones de un grupo de pintorescos personajes que discurrían, sin miedo a revelar su vulgaridad, sobre lo humano y lo divino. Ese día, unas horas antes, la Policía había detenido al antiguo novio de Marta y al primer cómplice. El programa era una especie de Tomate ilustrado, en el que prevalecía un debate en un tono bastante curioso, menos chabacano que los espacios del corazón, pero tan pedestre o más que los primeros.

Del pesar por el tremendo crimen de la adolescente sevillana, del que poco a poco se conocían los lúgubres detalles, se pasó a una especie de desacreditación universal de la juventud. Hablaban de los jóvenes como si fueran extraterrestres de una raza inferior y maléfica, individuos ajenos a la raza adulta, con sus propias escalas de valores elaboradas en no sé qué selvas inhóspitas. Como si la juventud fuera una plaga digna de exterminio. Es una tentación relativamente común. El ardor, si se le deja vía libre, suele derivar en apocalipsis. La locura de un asesino de veinte años (arropado por unos cuantos amigos) se convirtió, conforme avanzaba el debate y aumentaba el calor la discusión, en una causa general de los adultos contra los jóvenes, y el horror por la muerte de Marta en un juicio apodíctico ribeteado de mala conciencia. Unos decían: "Hay que cambiar las leyes, aplicar la pena de muerte", sin dar tiempos a demostrar la solidez de los códigos, la equidad de las penas y la severidad de los jueces.

El desahogo sería comprensible si no viniera de gentes formadas que tienen en su mano elegir y cambiar a los gobiernos y modificar las leyes y, por supuesto, la obligación de educar a sus cachorros. ¿Quiénes son los que han fallado? ¿Quiénes nos hemos equivocado?

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