Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Gota de Leche, Gota de Café

SI hubiera sido niño, le habrían puesto Asier, porque la soñaron y concibieron en el País Vasco. Conocí a Leticia en un café de padres de niños que celebraban el cumpleaños de Íker, que fue quien nos reunió, nuestro particular Ignacio Sánchez Mejías. A los padres nos mandaron con viento fresco para que los niños jugaran sin interferencias en una guardería de Triana, muy cerca de la casa donde pasó su infancia Marifé, torre de arena.

Son los reyes de nuestras vidas. Los hijos te hacen monárquico de por vida. He contado hasta 19 niños en la consulta del doctor Manuel Laffón en la Gota de Leche. La foto, a doble página, aparece en el libro sobre el pediatra y padre de la pintora Carmen Laffón que ha escrito Braulio Ortiz Poole. Además de periodista, el biógrafo es poeta y acaba de presentar una obra titulada Hombre sin descendencia. El pediatra rodeado de niños en brazos de madres con caras de la España de los años cuarenta es la metáfora del hombre con descendencia.

Cuenta Braulio Ortiz en el libro de Laffón que en 1977, el mismo año que se legalizaron los partidos y regresaron los exiliados, se suspendió salvo en casos extremos el servicio de leche gratuita para las madres que acudían al consultorio. De la Gota de Leche a la Gota del Café en el que conocí a Leticia. Su padre, que trabaja en Torretriana, se llama Felipe. Las cosas de los nombres. La madre de Mauro, así se llama su hijo, como el futbolista Mauro Silva o el dramaturgo Mauro Armiño, estudió Ingeniería Técnica Agrícola en el Cortijo de Cuarto. Vive en un barrio de sonoridad machadiana: Campos de Soria. Se pasa media vida en la carretera coordinando la seguridad de subestaciones eléctricas y cables de alta tensión, giraldas campestres que en algunos casos llegan al centenar de metros de altura.

Su área de inspección se extiende desde La Roda de Andalucía, patria chica del rockero Silvio, hasta Arcos de la Frontera, la tierra de los alcaravanes de la que un día se llevaron detenido a Antonio el Bailarín. Leticia es una mujer admirable, una madre ejemplar. La sociología mal asimilada nos ha convertido en números, en cromos intercambiables de apriorismos de laboratorio. Leticia gana más que su compañero y no lo dice con orgullo. A ella, como a tantas, la echaron a competir, a demostrar, pero ese escenario de alta tensión le interesa mucho menos. Es un campo de batalla ficticio, de falso periodismo de investigación y feminismo de rigodón. Leticia no es princesa, es la reina de su territorio. Su príncipe, disfrazado de bandolero, está a punto de salir del punto de juego donde unos niños con ascendencia han hecho posible el relato de esta historia de kilómetros y kilovatios que se merecía un Richard Ford.

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