Visto y oído

Francisco Andrés Gallardo

El Goya, qué gran premio

LA Academia del Cine se ha reconciliado consigo misma y con los espectadores de TVE, que sin prolongados cortes, sin retardos, sin esperas, sin incomodidades de soberbias politizadas y, lo más importante, con guión, ha logrado una gala de los Goya que no avergüenza y que incluso profetiza renovados bríos para el cine español, con un mensaje del presidente, Álex de la Iglesia, pronunciado como acto de contricción. La repera fue el momento Sorpresa, sorpresa con Pedro Almodóvar, con ese ego suyo tan gaseoso, descendiendo a las losas. La cocción de todos esos ingredientes, en una noche jaleada con ritmo y un glamour razonable, con Pe y Ja la mar de frescos, permitieron que los Goya, que ya sólo por su rima son unos grandes premios , se revalorizaran.

El cine, como ya no puede ser de otra forma, se aprovechó de la televisión para reclamarse. No pueden vivir el uno sin el otro. La gala fue más que potable porque se entregó a una sextalización (disculpen el palabro) que la convirtió en un programa divertido por sí mismo, más allá de las quinielas de los premiados, con un Andreu Buenafuente muy atinado, a diferencia de sus antecesores pestiños, Corbacho y Machi. El encuentro con Pocoyó, queriendo ser protagonista de la noche, es ya uno de los momentos más logrados en la historia de los Goya. Como, en un plano diferente, la entrega del premio de honor a Antonio Mercero, en unos minutos absolutamente conmovedores e impresionantes. De la Iglesia acudió a casa del homenajeado para entregarle la estatuilla al maestro, que con la mirada algo perdida, agradecía el premio. Mercero, que cerró su carrera con una película sobre el alzheimer, ¿Y tú quién eres?, sufre esa terrible enfermedad. La imagen del magistral realizador nos conciencia sobre el alzheimer más que todas las palabras que pudiéramos acumular. Sus hijos, dentro de la emoción, bromeaban diciendo que sólo por haber rechazado la propuesta de un productor para haber rodado La resurrección de Chanquete, ya era merecedor del Goya. Mercero se lo merece por haber dado calidad al cine pero, sobre todo, a la televisión. Haber tratado con artesanía cinematográfica ficciones que en otras manos hubieran sido productos olvidables, y que, irónicamente, son monumentos de la memoria colectiva: La cabina, Don Juan, La noche del licenciado, Crónicas de un pueblo, Farmacia de guardia, Turno de oficio o el maltratado Verano Azul.

Toni Garrido, en una contenida narración, vino a apurar las transiciones y los tiempos muertos. Hasta ahora podíamos decir que no había forma de hacer una gala en condiciones en España. Mira por dónde lo hemos descubierto este domingo.

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