La ciudad y los días

Carlos Colón

Goyescos luchadores

HUBO un tiempo en este país nuestro en el que la derecha rebuznaba más que hablaba, y coceaba más que razonaba; y en el que la izquierda hablaba más que rebuznaba, y razonaba más que coceaba. Lo que no quiere decir que la derecha sólo coceara, careciera siempre de razón y nunca hablara cuerdamente; ni que la izquierda tuviera el monopolio de la razón y nunca rebuznara o coceara. Españolas ambas, tanto la derecha como la izquierda compartían una cierta propensión al rebuzno y la coz; lo que las diferenciaba era el abuso, no el uso, de tan expeditivos procedimientos para dirimir violenta o bélicamente lo que se podía solucionar dialéctica y políticamente.

Pasaron esos tiempos, afortunadamente, pero somos un país tan conservador (aunque superficialmente mudemos de costumbres como las serpientes de piel) que aquel tópico sigue vigente setenta años después de la guerra y treinta después de la dictadura. Todavía hoy el carácter progresista o reaccionario de los hechos, y la verdad o falsedad de los argumentos, no depende de la realidad de los primeros o de la racionalidad y el carácter probado de los segundos, sino de la militancia de la boca que los pronuncia, el periodista que sobre ellos opina o el medio que los divulga. Si durante la campaña electoral Rajoy habla de crisis, miente; y si el PP avisa de la gravedad de la situación económica, es antipatriota. La crisis sólo es real, y afrontarla es necesario, cuando el PSOE dice que existe. "La situación de la economía es peor de lo que preveíamos todos", decía ayer Solbes en El País. Todos no, señor ministro; sólo ustedes negaban la existencia de una crisis.

Algo parecido sucede con Federico Jiménez Losantos, personaje por el que no siento ningún aprecio, con el que no comparto ninguna idea y cuya presencia en los micrófonos de la Cope me ofende como católico, pero al que hay que reconocerle que le han atribuido abusivamente la patente del insulto, cuando esta españolísima pasión le posee por igual a él o al director de la Ser que llamó "pajilleros, reprimidos, grasientos, puteros, siniestros, cobardes y acomplejados", entre otras lindezas que incluían "fetichistas de la mugre" y "despojos orgánicos", a los "burgos, ansones, lozanitos, pejotas, usías y alguna que otra schlichting". Españoles los dos, al fin, como los luchadores de Goya que se matan a palos enterrados hasta la cintura. Aunque sólo el primero, Jiménez Lozanitos -que es quien es tal vez quien más insulta, pero desde luego no el único que lo hace de palabra o por escrito-, es considerado el insultador oficial de España, denunciado y condenado.

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