Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Gracias, ¿no?

LA fuga de partículas radiactivas procedentes de la ventilación de la planta atómica de Ascó y, lo que es peor, la ocultación interesada del escape, ha reinventado el miedo y la desconfianza hacia la energía nuclear en un momento en que, desde determinados sectores económicos, se trataba de reactivar el debate sobre la misma. El incidente de Ascó, al menos en este aspecto, es oportuno, pues replantea con crudeza cuáles son los riesgos a que nos exponemos ante las centrales nucleares y advierte de que no hay que confiar ciegamente en la solidez absoluta de los sistemas de seguridad.

El incidente de Ascó, en apariencia leve, cumple todos los tópicos que los opositores a la energía atómica suelen incluir en sus habituales detracciones. Primero, la fuga imposible que, sin embargo, acontece. Segundo, la ocultación por motivos económicos o de impacto social. Tercero, la minusvaloración deliberada del incidente. Y cuarto, y como colofón, el retraso consiguiente en adoptar por parte de los organismos públicos encargados de la seguridad nuclear las medidas de control y prevención en la planta y en su entorno.

Es muy alarmante que inmediatamente después del escape los directivos de Ascó permitieran la visita de un grupo de niños a las instalaciones, niños que han debido someterse a un examen de radiación que dio, por fortuna, resultados negativos. Asimismo es inquietante que hace sólo tres días la central autorizara a salir a un camión cargado de chatarra contaminada que recorrió más de sesenta kilómetros. Se puede aducir que lo acontecido es un error puntual, excepcional, pero el error, la posibilidad del fallo o la negligencia excepcional, es uno de los argumentos básicos (clásicos, diríamos) de rechazo a las nucleares. Y en España, donde la energía nuclear prácticamente se ha abandonado a lo largo de los últimos treinta años, el argumento aún tiene rabiosa vigencia.

No, no se pueden desestimar los argumentos que subyacen bajo el trillado eslogan de "¿nucleares?, no gracias", sobre todo después de que se haya registrado en Ascó uno de los cuatro incidentes más importantes sobrevenidos en España. Detrás de la pegatina amarilla había, y hay, una desconfianza razonable.

¿Puede ser la energía electronuclear tan segura como la hidráulica? Hay quien sostiene que en el plano teórico lo es, aunque en el práctico, y ahí están las pruebas, resulta que no tanto. ¿Qué responderíamos si nos animaran, como a los operarios de Ascó, para probar la inocuidad del escape a comer un bocadillo de partículas radioactivas? Supongo que lo rechazaríamos y luego, como somos educados, daríamos las gracias, ¿no?

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