La tribuna

aNA M. CARMONA CONTRERAS

Grecia y la encrucijada europea

EL devenir político que ha experimentado el caso griego está dejando al descubierto con toda crudeza la acusada debilidad del proceso de integración europea en estos momentos. La actitud desafiante de Tsipras convocando a sus conciudadanos a un referéndum en el que se preguntaba si se aceptaban las duras condiciones formuladas por las instituciones de la UE y el Fondo Monetario Internacional (la otrora troika) ha resultado no sólo irresponsable sino al mismo tiempo contraproducente. A la vista de los hechos acaecidos con posterioridad, el rotundo "no" con el que se saldó la consulta en Grecia no ha servido más que para aumentar la frustración de una ciudadanía exhausta y reticente ante a una manera de afrontar la profunda crisis en la que se encuentra el país, basada esencialmente en recetas de extrema austeridad que conllevan continuos sacrificios. Porque, a fin de cuentas, la negativa masivamente avalada por el pueblo heleno ha demostrado su futilidad como instrumento de presión de cara a las negociaciones, ya que en modo alguno ha servido para reforzar la posición de Tsipras frente a la Unión y el FMI. Asimismo, lejos de generar un efecto de suavización en las condiciones inicialmente impuestas para el tercer rescate de Grecia, la maniobra refrendaria ha contribuido a incrementar la desconfianza en dicho gobierno, provocando un ulterior endurecimiento de tales exigencias

El escenario que a partir de ahora se perfila tanto en Grecia como en el ámbito europeo resulta muy incierto. Las incógnitas son muchas y determinar cuál será la evolución de ambos vectores resulta muy arriesgado. En todo caso, el desarrollo de los acontecimientos nos proporcionan algunas enseñanzas que deberían tenerse muy presentes. En primer lugar, reiterar que el plante de Tsipras a la troika y el posterior órdago que ha supuesto la consulta popular, ese terrible pecado de hybris ante los colosos externos, no han servido más que para debilitarlo políticamente y mermar la ya precaria credibilidad de Grecia. Para empezar, Tsipras debe apaciguar las aguas en el interior de su partido, profundamente dividido ante las crudas condiciones impuestas y que corre un alto riesgo de fracturarse. El carismático ex ministro de Economía J. Varufakis ya se ha puesto al frente de la corriente más critica de Syriza manifestando su frontal rechazo al comparar el programa de rescate con el golpe de Estado de los coroneles que trajo consigo la dictadura en Grecia. De puertas afuera no lo tiene más fácil Tsipras, puesto que necesita lograr el apoyo de otras fuerzas políticas con representación parlamentaria, a las que tendrá que convencer en las peores condiciones imaginables de la necesidad de respaldar el plan definido por la Unión.

Siendo ambas tareas difíciles, sin embargo, la operación decidamente más ardua se halla en el campo de una opinión pública perpleja e indignada ante el rumbo que ha tomado la situación tras el referendum. En las actuales circunstancias, el margen del que dispone el gobierno griego para articular un discurso persuasivo y coherente que justifique aceptar un plan más duro que el previamente rechazado es prácticamente inexistente. El laberinto es complejo y salir del mismo, todavía más.

Pero si enfocamos la cuestión desde la perspectiva de la Unión Europea el panorama no se muestra más halagüeño. Una vez más ha quedado de manifiesto el protagonismo indiscutible de Alemania a la hora de orientar el proceso negociador y el contenido de este tipo de acuerdos. Siendo el Estado que más contribuye al presupuesto de la Unión y teniendo en cuenta que el gobierno alemán se topa con un electorado cada vez menos receptivo a la idea de solidaridad europea, resulta lógico en términos políticos que la canciller Merkel haga valer de modo recurrente su mayor peso en la toma de decisiones comunitarias precisamente en el Consejo Europeo, el órgano intergubernamental por excelencia de la arquitectura institucional de la Unión, en donde la lógica predominante es la estatal.

Lo que ya no resulta ni lógico ni aceptable en clave europea es que se lleve tal situación hasta los extremos actuales, en los que el afianzamiento del enfoque nacional causa una grave erosión a la dinámica de la integración. Las negociaciones de esta última semana, con un claro predominio del Eurogrupo, han dejado en evidencia la debilidad de aquellas otras instituciones de la Unión, como la Comisión o el Parlamento europeo (ausente por completo) en las que la dimensión supranacional es fundamental y en donde la impronta estatal se encuentra más diluida. Siendo esta la mecánica operativa establecida, se ha constatado nuevamente la ausencia de mecanismos capaces de compensar la neta preponderancia de Alemania en la definición de la hoja de ruta de la gobernanza económica de la Unión.

Ante tan sombría situación, no pueden caer en saco roto las palabras del primer ministro italiano, que al salir de la dramática reunión del Eurogrupo que selló el rescate griego subrayó que el problema planteado no atañe sólo a este país sino también y sobre todo a la Unión Europea en cuanto tal. Pretender zanjar la cuestión sin ninguna reflexión de fondo sobre el estado actual del proyecto europeo de integración, así como en torno a la necesidad de abordar profundos reajustes en el mismo supondría un garrafal ejercicio de ceguera política que pondría en un grave aprieto la supervivencia comunitaria.

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