La ventana

Luis Carlos Peris

De cómo el Guadalquivir emulaba al Támesis

MISMO itinerario, paisaje distinto. Lo que son las cosas, que íbamos por la orilla del río y nos asaltaba la duda de si estábamos flanqueando el Guadalquivir o el Támesis, si lo que presumíamos al otro lado era la Cartuja o se escondía la Torre de Londres. Niebla como el smog, esa especie de puré de guisantes que te mete la humedad en los tuétanos y de la que dicen que augura una tarde de paseo. Mañana de niebla impresionante, humeaba el río como si fuese su hermano el londinense, ni siquiera se silueteaban las chimeneas cartujanas y no había forma de ver los destellos que emite el gálibo del Alamillo. Hacíamos el itinerario de todos los días, pero con un paisaje que no tenía nada que ver con el habitual. Visión fantasmagórica, unos pocos andariegos daban vida al paraje y seguía el Guadalquivir como humeante, como si en vez de ser el viejo Betis estuviese suplantando al Támesis.

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