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rafael / sánchez Saus

Guerra a los viejos

EL éxito de la izquierda radical en el nuevo milenio procede del hallazgo y explotación de novedosos campos de enfrentamiento social en sustitución de la lucha de clases, vaciada de sentido y eficacia en el mundo occidental por el triunfo apabullante de la socialdemocracia y desprestigiada por el hundimiento del bloque soviético. La deriva del feminismo hacia la ideología de género y sus abrasivas propuestas e imposiciones ha fomentado lo que ya se perfila como una probable guerra de sexos; la del ecologismo hacia el animalismo o el culto hacia la Madre Tierra abre perspectivas inéditas de conflicto social que en estos días empieza a mostrar en España su rostro más odioso y antihumano. Y ahora, las preferencias conservadoras de una buena parte del electorado de más edad, tanto en Gran Bretaña en el reciente referéndum como en España en las últimas elecciones, está propiciando un debate que hasta hace nada se hubiera considerado impensable y que es forzoso poner en relación con corrientes más profundas de sordo enfrentamiento generacional: la conveniencia o no de privar del derecho al voto a las personas ancianas o enfermas, a quienes se supone incapacitadas para comprender los signos de los tiempos y poco interesadas por un futuro que, ¡ay!, no les pertenece.

Debo decir que este nuevo frente no me sorprende, excepto por la tardanza con que se ha abierto y el motivo que lo ha propiciado. Esperaba yo que nuestros jóvenes, en buena medida educados en el hedonismo y la irresponsabilidad social por la generación más materialista y nihilista que se recuerda, plantearían su reclamación a los viejos en el terreno de los derechos económicos (pensiones) y sociales (sanidad). Pero el regreso de las mocedades a la política ha dado lugar a este giro. Lo de las pensiones y los tarretes, que decía Umbral, ya se abordará en su momento, pero lo que ahora les urge a muchos es el obstruido cambio político, de ahí la rabieta contra los viejos.

Preparémonos para lo que se avecina. Los nacidos entre el 50 y el 65 somos, en términos generales, de pocos o ningunos hijos, mejor situados económica y profesionalmente que la mayoría de los que se arraciman a las puertas del ansiado bienestar, y con perspectiva de apegarnos a esta vida muchos, muchos años. Demasiada carga, demasiada espera. Dios, dicen, ha muerto y el hombre ya sólo es otro bicho cualquiera.

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