La crónica económica

Rogelio Velasco

Habilidades lingüísticas

LA imagen la captaba el lunes TVE. El actual ministro de Trabajo dialogaba con otro responsable comunitario a la salida de una reunión, en donde se trató la ampliación del horario laboral en la UE. Junto a los dos ministros aparecía una tercera persona: la traductora de la conversación entre ambos. Fuera del mundo anglosajón, no hay otro país en el mundo en donde exista una divergencia tan grande entre el nivel de desarrollo y el conocimiento de lenguas extranjeras. De los presidentes del Gobierno que hemos tenido, sólo Calvo Sotelo y González tenían algún conocimiento de lenguas extranjeras. Los ministros, en general, no saben o tienen un bajo nivel de conocimiento. Ofrecemos una imagen muy pobre como país; como si España no fuese un país occidental y desarrollado.

¿A qué se debe ese bajo nivel, que no se limita sólo a la case política sino a la mayoría de estamentos de la sociedad española? Sin poder extendernos, algunos de los motivos se encuentran entre los siguientes.

Este país ha sido atrasado y cerrado al resto del mundo hasta hace poco más de 20 años, lo que dificultaba enormemente el aprendizaje de otras lenguas, porque o se vive fuera una larga temporada o no es posible aprenderlo a un cierto nivel. Durante todos esos años, e incluso en años anteriores, han existido buenas oportunidades de trabajo en el mercado doméstico para los licenciados que salían de las universidades; el mercado doméstico en una economía cerrada no exige conocimientos de lenguas extranjeras. Tercero, los cuerpos de élite del Estado han atraído a buena parte de los titulados con mayores capacidades de trabajo: servicios del Banco de España, registradores, notarios, abogados del Estado, etcétera, obtenían sus plazas en los respectivos cuerpos sin que hubiesen necesitado, no ya hablar, sino ni siquiera leer una línea en un idioma que no fuera el español.

Incluso entre el profesorado universitario -que necesita en todos los casos leer en otros idiomas- la norma más general ha sido la de desarrollar buenas capacidades de lectura, pero poca o ninguna de conversación.

El gran mercado lingüístico que representa el español es, paradójicamente, una desventaja para aprender otros idiomas. En España y en América Latina todo se traduce, todo se dobla, a nuestro idioma, con lo que estamos toda la vida -desde los primeros dibujos animados que vemos en la TV hasta el final de nuestras vidas- sin apenas contacto cotidiano con otras lenguas.

Nuestras escasas habilidades lingüísticas no sólo transmiten una pobre imagen; representan igualmente un importante obstáculo para la internacionalización de las empresas españolas. No sólo necesitamos ingenieros y economistas que sepan inglés; también personal de nivel intermedio y ayudantes que lo conozcan con soltura. Las administraciones tienen una importante tarea que realizar. Los programas actuales -Erasmus, entre otros- deben ser potenciados, especialmente para las familias con pocos recursos. Y las TV públicas deberían demostrar que, en este orden de cosas, cumplen el papel de servicio público que, en teoría, justifican su creación y existencia, para que la generación que nos sigue no tenga que estar, como la nuestra, luchando toda la vida para chapurrear frases en otras lenguas.

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