LAS EMPINADAS CUESTAS

Amparo Rubiales

Hartas de machitos

NO sabemos por qué la mitad de la humanidad, que somos las mujeres, tenemos que soportar que algunos hombres, nos sigan diciendo -como han hecho durante siglos- cómo tienen que ser nuestras vidas; decidieron cuál era nuestra función, nos negaron la condición de ciudadanas, el acceso a la educación, a la cultura y al empleo remunerado -que no al trabajo-, nos hicieron objetos de su placer, decidieron que la prostitución estaba bien y la fomentaron porque favorecía sus deseos y no les importó nunca el tremendo sufrimiento de la mayoría de estas mujeres.

Con el transcurso del tiempo, hemos ganado espacio, conseguido derechos que se nos negaban, y pudimos hablar en voz alta de la violencia que muchas soportaban, y, con grandes dificultades, empezar a denunciarla, y cuando logramos que se comprendiera lo que había significado, y que se reaccionara contra ella, incluso con leyes -que es como en las sociedades democráticas hay que reconocer las cosas-, otros hombres empezaron a surgir -obispos, jueces y demás personajes- que con nuevos argumentos volvían a lo mismo: cómo debía ser nuestra vida; si teníamos o no que tener hijos y cuántos había que tener -hasta la supervivencia de Europa dependía de nuestra capacidad reproductiva-, si el aborto además de pecado, era patente de corso para que se nos pudiera maltratar sin problemas (sic), y además ellos dicen cómo tienen que ser las leyes contra la violencia de género; un juez absurdo y cincuenta más se erigen en juzgadores de nuestras vidas, de nuestro esfuerzo de siglos y de nuestras penas, sin más razón que, justamente, la de ser hombres -lo cual parece que les otorga una supuesta legitimidad de origen para decirnos lo que debemos hacer-, y ahora que estamos construyendo nosotras mismas nuestras vidas, conciliándola con ellos, con muchas dificultades, algunos nos la cuestionan, con miles de historias de denuncias falsas, de imaginados síndromes y de variados inventos; se amparan en su pretendida profesionalidad, tan falsa como sus propias vidas; pero ocupan, con profusión, los medios de comunicación, mientras a las mujeres las siguen matando y de sus muertes verdaderas la culpable no es la ley.

No vamos a consentirlo, nos ha costado demasiado llegar hasta aquí para que ahora vengan estos neomachistas a decirnos cómo ha de ser nuestra vida; ya tienen poco que hacer; han sido demasiados años de esfuerzo para olvidarlo; van a denunciarnos y a denigrarnos, como siempre, pero tenemos una ventaja frente a ellos: que sabemos, por experiencia, lo que esto es, y ahora estamos en mejores condiciones de impedirlo.

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