Sine die

Ismael / Yebra

La Hélade helada

CUANDO se viaja a un país que se supone exótico, y habría que discutir acerca de lo que cada uno entiende por exótico, se va cargado de estereotipos y de clichés preconcebidos. En mi caso, además, precedido de lecturas geográficas, históricas y literarias. Hace muchos años que estuve en Grecia, treinta para ser exactos, tantos que dudo que la Grecia actual tenga algo que ver con la que conocí. O tal vez sí; es posible que los problemas que arrastra la Grecia actual deriven de que siga siendo la misma de entonces.

Yo fui a Grecia pensando en la Grecia clásica, la de Pericles, el germen de la Filosofía y de la ciencia, la cuna de la civilización occidental. De esto sólo quedaban ruinas a las que había que echarle mucha imaginación para darle forma y muchas referencias toponímicas. Sin pensarlo me topé con el mundo otomano. Descubrí entrañables templos bizantinos, barrios como el Monastiraki llenos de tipismo oriental y cafetines que en nada se diferenciaban de los que había visto en Estambul.

La variedad étnica y cultural es una gran riqueza, pero tiene sus inconvenientes. Sobre todo cuando lo peculiar no se pone al servicio del enriquecimiento mutuo y se utiliza como arma diferencial. Que Grecia pertenece a Europa está tan fuera de dudas como que África está al otro lado del estrecho y no al sur de los Pirineos. Afortunadamente, por mucho que se hable de globalización y de uniformidad socio-cultural, las diferencias regionales y nacionales son evidentes. Un finlandés piensa e interpreta la vida de una forma muy distinta a un español o un italiano. Un niño del norte de Noruega, que pasa meses sin salir de casa y sin ver el sol, no puede ser lo mismo que uno de su misma edad criado en las calles de Nápoles o de Andalucía. Ni mejor ni peor, sino diferentes.

La mentalidad de un griego de nuestro tiempo poco tiene que ver con la de un coetáneo de Platón o Esquilo. Probablemente se sienta más identificado con la filosofía de vida oriental, con la de sus paisanos turcos y su pasado otomano, lo cual no le exime de cumplir con sus obligaciones. En todo caso, a pesar de los problemas que trae consigo esa forma distinta de entender la vida, Grecia es a Europa lo que la masa al pan o las uvas al vino. Una Europa sin Grecia y sin los países despectivamente denominados PIGS, sería una Europa rígida, triste y aburrida. Tal vez no merecería la pena estar en ella.

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