La tribuna

Antonio Montero Alcaide

Hijos de Ardi

EN cualquier caso, todo lo que no esté constatado que es verdad y esté en conflicto o en contradicción con la mente debe ser considerado entre tanto y con el máximo respeto como creencia". Así se pronuncia Manuel Losada Villasante, uno de los científicos españoles más reputados de la segunda mitad del siglo XX, Premio Príncipe de Asturias de 1995, y que, bien plantado a sus ochenta años, sigue dispensando una generosa y profunda sabiduría. Que los hombres -iba a escribir el género humano para cumplir con lo políticamente correcto, pero ese apremio me parece cada vez más una incorrección política- provenimos de la diversa y peluda categoría de los monos, era algo asumido no ya por la trascendente aceptación de la creencia, sino por la científica verdad del origen de las especies y el catecismo -si se dispensa la metáfora- de Charles Darwin.

Aun así, evolucionistas y creacionistas sostienen argumentos enfrentados y críticas más o menos sesudas para contarnos cómo hemos llegado a este primer siglo, posmoderno y remolón, del tercer milenio. Y, en éstas, la actualidad nos pone por delante a una antepasada ancestral, Ardi, para que los paleoantropólogos anuncien, con revolucionaria sorpresa, que los primates y los humanos, antes que en sucesión, continuaron en líneas evolutivas distintas a partir de Ardi y de otros "seres troncales" que se afincaron no muy lejos de la actual Etiopía, hace la friolera de seis millones de años.

Bien miradas las cosas, esta distancia descomunal del almanaque, además de la representación de Ardi a partir de fósiles conservados en una capa de sedimentos entre otras dos capas de ceniza volcánica, tal vez nos ponga más cerca de la creencia que de la ciencia para saludar la recreación de ese ser femenino en el dibujo que, como estampa, ilustra las páginas de los periódicos y descoloca certezas más o menos inmutables… Hasta que Ardi se hizo presente.

Dicen los científicos que tal ser tiene las características de "mosaico", porque es un ejemplar ni humano ni chimpancé, o una combinación de uno y otro, o quién sabe qué mixtura, allende los milenios, es capaz de proponerse teniendo sólo por delante el jeroglífico de los fósiles. Con Lucy, prima hermana de Ardi, aunque ésta cumpla casi cuatro millones y medio de años y aquélla tenga un millón de años menos -poca cosa, ¿no creen?, cuando el calendario se maneja en tan gigantescas magnitudes-, con Lucy, digo, otra pequeña hembra precursora, pudo concluirse que los homínidos fueron capaces de caminar a dos patas (¿piernas?) antes de que sus cerebros crecieran. Y, si me permiten el desahogo, con no pocos humanos posmodernos por las aceras quizás pudiera sostenerse que caminan a dos piernas cuando su cerebro no da más que para cuatro patas. Pero lo de Lucy está constatado por la ciencia y, con Ardi, nuestros antepasados ya no se parecen a un chimpancé o a un gran primate. ¿Qué me dicen?

Sostiene Losada Villasante, en su magnífico discurso con ocasión de la investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Córdoba, que en la materia viva existe una "jerarquía de estados de organización fisicoquímica y biológica creciente", de tal manera que "cada paso -dirigido y espontáneo en la más amplia y profunda acepción de la palabra- introduce en esta escala evolutiva ascendente nuevos grados de complejidad y cooperatividad estructural y funcional y, en consecuencia, nuevas cualidades y leyes que no son observables a niveles de organización más inferiores". Y este camino nos trae a nosotros, al hombre, en su mente y su corazón, aunque "todavía no sabemos con certeza científica si la mente -y sobre todo la conciencia- está gobernada en último término por leyes que superan a las leyes fisicoquímicas naturales propias de la materia y de la materia viva, ni si hay una espiritualidad sobre la materialidad".

El propio Darwin, que levantó la escalera de la evolución con el argumento de que los organismos más complicados y adaptados provienen, por evolución y selección natural, de otros más sencillos que les antecedieron, no las tuvo todas consigo para fundamentar cómo se generó la materia viva en sus comienzos, aunque lo resolvió con el comodín de la generación espontánea. Y Losada, que proclama la existencia científica de una Razón Creadora, "ante la significación y magnificencia de las alucinantes constantes físicas universales, de la vida y del hombre", nos recomienda distinguir entre lo que sabemos, lo que ignoramos y lo que, con libertad y confianza, esperamos y creemos. Por eso Ardi acaba de ser objeto de conocimiento, pero no dejará resueltas las ignorancias y enigmas mayores del camino que la trae a nosotros y, sobre todo, tampoco alumbra las inaccesibles luces de lo que esperamos.

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