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Rafael / Padilla

Hijos del vacío

PARA percatarse de que este mundo anda tocado del ala, basta con darse un paseo por las redes. Allí encontrarán memeces gigantescas que desoyen toda razón y toda lógica. Un ejemplo reciente nos ilustrará: recordarán que el pasado 28 de mayo los servicios de emergencia tuvieron que abatir a Harambe, un gorila que vivía en el zoológico de Cincinnati. Por desgracia, un niño de cuatro años, travieso como casi todos, logró saltar la cerca que rodeaba su hábitat y, tras resbalar, cayó junto al animal. Durante diez tensos minutos, entre gritos y nervios, la tragedia parecía inminente. Para evitarla, tras descartar otras opciones, se decidió sacrificar al simio. Hasta aquí el suceso, reconozco que lamentable al tratarse de una especie en peligro de extinción. Lo que vino después, la polémica sobre lo hecho, la criminalización del zoológico y de la pérfida y descuidada madre, la ira de los animalistas, se resume en un exitoso tuit: "Niños hay muchos; gorilas quedan pocos".

No encuentro mejor prueba del fanatismo de la seudoideología animalista, esa tendencia al alza que propugna la absurda consideración de los animales como sujetos de derecho e inventa el término "especismo", un mal moral análogo al racismo o al sexismo, como adjetivo descalificador.

Hijos de una era de profundo vacío en ideas y valores, urbanitas de pensamiento débil y desconocimiento enciclopédico, avergonzados de un bienestar del que reniegan, ahondan en un igualitarismo que salta -y nos impone saltar- la barrera de la especie. Olvidan, al hacerlo, que su triunfo implicaría la negación de la naturaleza humana, la errada vuelta a la felicidad estática de la animalidad, el empobrecedor regreso, tras la abolición del tiempo histórico, al seno del tiempo biológico.

Esa beatífica visión contrasta, además, con sus orígenes y con sus métodos. De lo primero, no descubro nada si afirmo que la Alemania de Hitler fue madre y maestra del movimiento. De lo segundo, ¿cómo obviar la agresividad o la pura violencia de algunos de sus paladines? Aupados en el pedestal de su presunta superioridad ética, ufanos de su supuesta sensibilidad especial, estos mentecatos están dispuestos a diezmar, si falta hiciere, el número de sus congéneres.

El animalismo, dice Massimo Fini, "es la enfermedad infantil del ecologismo". Una patología nociva que, desengáñense, se merece lo que se merece: animalistas hay muchos; hombres cabales y sensatos quedan pocos.

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