Visto y oído

Antonio / Sempere

Hijos

LOS cursos de verano sirven, entre otras muchas cosas, para averiguar los verdaderos nombres de los ponentes invitados. Sucede cuando la persona encargada de realizar los rótulos que lucen sobre la mesa acompañando al logotipo de la institución desvela alguna sorpresa cuando, por ejemplo, aparece algún apellido o nombre compuesto no desvelado oficialmente.

Me sucedió el otro día con Fernando Savater, en cuya ficha aparecía bautizado como Fernando Fernández Savater. Fernández de padre y Savater de madre. Si antes veo la cartela, antes me topo con una de esas páginas nobles del diario 'Público' en donde una de las entrevistas señeras iba firmada por un tal Amador Fernández-Savater, escrito en negrita y en destacado, como cuando se trata de uno de los colaboradores ilustres.

Amador… Hasta que Fernando León de Aranoa estrene su próxima película, el único Amador universal en este país es el de aquel libro sobre la Ética que el célebre filósofo vasco dedicó a su hijo, Ética para Amador. Hasta ese instante no había caído, pero en décimas de segundo até cabos, volví a mirar la página del periódico y presentí que podría tratarse de la misma persona. No sé por qué me tengo que tomar estos berrinches por cuestiones así. Si fuese cierto, qué problema habría en ello. Traté de aliviarme pensando si los hijos de un padre reconocido no van a tener derecho a desempeñar puestos de responsabilidad, si acaso no van a tener los mismos derechos que los demás. Pero en cuanto repasé mentalmente la cantidad de amigos y exalumnos que lo están pasando mal, que no están haciendo lo que quisieran, y que si fuesen hijos de, sin duda, sí lo habrían logrado, volví a soliviantarme. No tener la vida resuelta, valiendo, es muy injusto. Y desde luego que no hablo de Andreíta o Rociíto.

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