Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Himeneo

DURANTE años, cuando éramos jóvenes y por lo tanto arrogantes, con esa suficiencia de quienes sienten que inauguran un mundo del que los más viejos, que son casi todos, no tienen ni idea, rehuimos las bodas y en general las celebraciones familiares por pensar que se trataba de encuentros tediosos en los que no podía pasar nada que mereciera la pena. Luego los amigos apenas se casaban y de ese modo nos hemos perdido muchos festejos que ahora, con el fervor añoso de los veteranos, nos conmueven de un modo especial. Alternamos felices entre los invitados, gritamos o bailamos como locos, bebemos como si no hubiera un mañana y nos entran ganas de darles collejas a los niños o los adolescentes que se aburren en una esquina.

Son bonitas las bodas. Algunas de las muestras de la lírica griega arcaica, vale decir de la poesía no épica más antigua de Occidente, reproducen los cantos, de inequívoca raíz popular, que entonaban coros de muchachos o de muchachas con ocasión de los esponsales: en el camino a la ceremonia, a las puertas del dormitorio nupcial -de donde la voz epitalamio- o a la mañana siguiente, la suprema hora de la albada. La poesía erótica clásica abunda en versos licenciosos y maravillosamente procaces que han escandalizado durante siglos a los puritanos, pero hay también los que celebran el amor de los novios que en la Antigüedad invocaban la presencia propiciatoria del dios Himeneo -"...por ti las doncellas / desatan el cinturón de sus vestidos, / a ti el recién casado, nervioso / atiende con oído impaciente", leemos en Catulo-, al que la iconografía habitual representaba con una corona de flores y una antorcha encendida.

Todo lo relacionado con los casamientos se ha mercantilizado de manera un tanto absurda, pero al margen del rito o sin ritos de por medio lo esencial no ha variado -salvo por el hecho no menor de que hoy, gracias a los dioses o más bien a los mortales que lo pelearon cuando a los guardianes de la moral les parecía un disparate, cualquiera puede unirse a cualquiera- y da mucha alegría ver cómo dos personas queridas se comprometen, lo proclaman a los cuatro vientos y convocan para celebrarlo. En realidad da igual casarse o no casarse, pero quienes así lo deciden, además de mostrar coraje en una época que opone falsamente la duración y la intensidad, transmiten una suerte de impagable optimismo -frente a lo que decía la canción aquella de cuando no íbamos a las bodas, para siempre no es demasiado tiempo- y nos dan la oportunidad de sacar al payaso que llevamos dentro. Vivan los novios.

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