Visto y oído

Francisco / Andrés Gallardo

Hipócritas

PAOLO es un guiri que tiene un puntillo pánfilo y viste una chaqueta a cuadros british impossible. Con ese atuendo se presenta ante cuatro desconocidos y ha de evaluar a uno de ellos que actúa de anfitrión. Paolo elogió uno de los platos del lunes: "se nota que es pescado fresco". Ya. Precisamente la cocinera había desvelado previamente a los espectadores que todo era congelati. Qué mal quedó ante toda España el pobre de Paolo. Ayer tarde se ratificaban las sospechas cuando le tocó a él cocinar. La esencia de Ven a cenar conmigo es el retrato de la compostura de puertas para afuera que esconde la hipocresía, la envidia contenida y la mala leche de la mundana vida social. En esta primera entrega, que no funcionó en audiencia en la tarde de Antena 3, le faltó bilis, pero, bueno, todo se andará en las próximas semanas. Uno de los convidados, César, desde las promos ya se había granjeado las antipatías del personal. Es el aguafiestas del grupo. A él le toca hacer de Risto, poniendo pegas a todo, arqueando la ceja y desplegando su arsenal de criticaciones a los rivales. Sin embargo, la familiar del ex ministro Álvarez-Cascos, quién lo diría, es la mar de amable.

Sin un mal rollo de verdad para llevarse a la boca, Ven a cenar conmigo pasaría desapercibido. Sería una mala invitación. Los del programa le echarán más leña dialéctica a este fuego vespertino, a la cena de los buitres importada de la Gran Bretaña. Sin cortes publicitarios (por ahora), este reality de cocina y protocolo resulta entretenido y despierta el morbillo sobre qué opiniones de verdad esconden las sonrisas de dientes de los comensales. En el coche de vuelta se descubren las cartas. Un espíritu de insana curiosidad envuelve a este programita. Ya que hemos perdido la guerra, disfrutemos al menos de la comida.

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