Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Hipotecas tempranas

EL 61% de los jóvenes de 25 a 39 años piensan que sus padres tuvieron una vida más fácil que la suya, aunque es sabido que los jóvenes nunca habían disfrutado de tantas oportunidades en la vida como ahora... Sin embargo, la afirmación, que nace de una encuesta europea, está llena de sentido, porque la percepción cambia con la mirada de cada generación. Se trata, ante todo, de una expresión de insatisfacción.

Hace años, presenté en Madrid un libro de Yoneji Masuda, padre de la "sociedad de la información", ante un público hipnotizado por las profecías del nipón. Al final del acto, le pregunté al embajador de Japón si sus paisanos, a la cabeza de la moda tecnológica, eran más felices con las máquinas prodigiosas que veinte años antes sin ellas. La perplejidad turbó la frágil compostura del diplomático, pero logró decir que habían avanzado mucho más en los usos tecnológicos que en el dominio de los resortes de la felicidad…

Hace treinta años, el analfabetismo rondaba el 20% de la población andaluza adulta y los estudiantes universitarios no llegaban a 75.000 en toda la región. Hoy son muchos más los que desarrollan expectativas que, hace tres décadas, eran propias de una minoría, por regla general heredera de los que habían vivido siempre mejor.

Los padres de los jóvenes encuestados, al menos los españoles, sufrieron las carencias de un país en vías de desarrollo, pero se buscaron la vida pronto, generalmente después de la ruptura con la comodidad familiar que suponía para los hombres el servicio militar. Si algo diferencia el tiempo de padres e hijos es el adelantamiento de la condición de consumidor a una edad muy temprana, mientras se desdibuja o aplaza la condición de ciudadano. La independencia la empiezan a definir el teléfono móvil, la motocicleta o el ordenador personal, más que el conocimiento, la autonomía personal o el abandono del hogar paterno. La naturaleza consumidora aumenta con los nuevos usos tecnológicos, que son una suerte de ordeñadoras mecánicas del mercado. La independencia tenía antes menos hipotecas.

Paradójicamente, padres nacidos en dictadura, pobres en su juventud, menos formados, provistos de pocos artefactos, aparecen, a los ojos de sus hijos, como seres más afortunados que ellos. Relativismo generacional, porque si estos jóvenes hubiesen vivido la realidad de hace tres décadas, relacionada con el esfuerzo personal y limitada en los asideros asistenciales, tendrían otra opinión. De algo, en fin, no cabe la menor duda: pasarlo bien resultaba antes mucho más barato, porque el ocio era, fundamentalmente, una proyección creativa de las inquietudes personales y no tanto un pay-per-view de la vida.

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