en tránsito

Eduardo Jordá

Historiadores

UN sábado por la mañana, en uno de sus últimos cursos en el Collège de France, en París, Roland Barthes habló del historiador Jules Michelet y su Historia de la Revolución Francesa. En sus cursos, Barthes decía muchas cosas que hoy me parecen tonterías. Hablaba, por ejemplo, de los "códigos fantasmáticos de la literatura" y de la "energía polisémica" de un libro y del "poder surrector de la palabra". No me pregunten qué significa todo esto porque no tengo ni idea. Pero lo que dijo sobre el historiador Michelet me sigue pareciendo interesante. Porque Barthes explicó que Michelet era un historiador demasiado vehemente que se dejaba llevar por sus manías y sus prejuicios. Dijo que Michelet no podía disimular su odio a los jesuitas, ni una especie de romanticismo retrospectivo que le hacía convertir en héroes derrotados por el destino a unos personajes históricos que habían fracasado por sus propios errores. Pero a pesar de todo esto -decía Barthes-, Michelet fue siempre fiel a los hechos que relataba y nunca se permitió ocultarlos o adulterarlos. Y sobre todo, Michelet fue un gran escritor que poseía el talento de un novelista, sólo que su talento manejaba hechos históricos en vez de creaciones imaginarias.

Digo esto porque he seguido la polémica que se ha creado sobre la entrada dedicada a Franco en el Diccionario Biográfico de la Academia de la Historia, y produce estupor que muchas reacciones a esa estúpida entrada, en la que se omitían los miles y miles de muertos y represaliados por el franquismo, sean también maniqueas y estúpidas. Porque aún hay historiadores que parecen convencidos de que la Historia es una ciencia exacta, igual que la geometría, de modo que basta sacar una calculadora y aplicar el principio histórico correcto para que se solvente el problema que queríamos resolver. Pero un historiador no trabaja con teoremas, porque eso sólo sería posible en una modalidad de la Historia que fuera un dogma indiscutible, como ocurrió en los regímenes totalitarios y durante una buena parte del franquismo, por ejemplo. Nada de eso. Un historiador es ante todo un escritor, y como tal tiene sus ideas y sus prejuicios. Ahora bien, si un historiador es solvente, no permite que sus ideas y sus prejuicios alteren la veracidad de los hechos que cuenta.

Por eso asusta tanto que algunos historiadores se permitan olvidar a los miles de muertos causados por el franquismo, como también asusta que otros historiadores de signo contrario reclamen una "memoria democrática". La memoria no puede ser nunca objetiva porque es parcial, selectiva y caprichosa. La Historia, en cambio, debe aspirar a ser fría y objetiva. Incluso con los peores enemigos de quien la escribe.

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