La ciudad y los días

Carlos Colón

¿Homenajes o invocaciones republicanas?

TRAS la razonable propuesta de borrar de las calles los nombres franquistas que aún queden se traslucen otras intenciones. La más grave sería la de deslegitimar la monarquía parlamentaria como una forma soportable pero deficitaria de democracia, cuya plenitud sólo podrá alcanzarse bajo la III República. No se engañen: cada vez que se piden homenajes a la II República lo que se está pidiendo es la III. No se trata tanto de pasado como de futuro, de reconocimiento de Alcalá Zamora y Azaña como de rechazo de los Borbones. Hay en esto una intención manipuladora que pretende hacer equivalentes República y plenitud democrática.

Para quienes así piensan que la II República fuera aniquilada por un golpe de Estado de factura militar e inspiración fascista, y que la monarquía parlamentaria tenga su origen en la decisión democrática de un rey impuesto por quien lideró aquel golpe, conlleva que la definitiva cancelación del franquismo, el verdadero retorno a la democracia y la continuidad natural con la legalidad asaltada en 1936 no se producirán hasta que la III República se establezca como continuidad democrática de la II.

Este razonamiento encubre varias falsificaciones en forma de omisiones, siendo las más importantes de ellas la voluntaria renuncia del Rey al poder absoluto que le dio el dictador; su papel determinante en la transición a la democracia; los servicios prestados desde entonces a la nación, con su intervención del 23-F como el más reconocido; y sobre todo, porque se trata de lo más práctico, la estabilidad política que gracias a la función representativa y mediadora de la Corona ha garantizado los 30 años de mayor plenitud democrática (y por ello de progreso social, bienestar y libertad) que nuestro país haya vivido. La historia dice, los hechos demuestran y la envidiable marcha de países como Bélgica, Dinamarca, el Reino Unido, Holanda, Noruega o Suecia ratifica, que las monarquías parlamentarias son tan democráticamente solventes como las repúblicas.

Cámbiense pues en buena hora los nombres franquistas que queden (otra cosa es la destrucción de elementos de valor histórico o la abusiva injerencia en asociaciones privadas), pero no se utilicen los homenajes a la II República como reivindicación de la III y suavona deslegitimación de la monarquía parlamentaria. Por cierto, ¿se cambiarán también los nombres ligados a otros totalitarismos, como el de la plaza Dolores Ibarruri? Se podrá admirar su coraje, pero difícilmente se la podrá celebrar como heroína de las libertades democráticas ni considerarla ajena a los más negros episodios del estalinismo.

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