La tribuna

Manuel Machuca

Honduras: pre-golpe a golpe

ES probable que, desde que el huracán Mitch asoló Honduras a finales de octubre de 1998, este pequeño país de ocho millones de habitantes no haya ocupado tantas páginas de prensa en todo el mundo.

Es probable también que, al igual que el huracán, que se tragó la vida de más de diez mil hondureños e hizo desaparecer a otros tantos de los que nunca más se supo, el conflicto que actualmente está teniendo lugar acabe por tragárselo la tierra. Así es la historia de países que a nadie importan, que no se encuentran en los mapas, y de los que es difícil conocer siquiera el nombre de su capital, Tegucigalpa, o cerro de la plata, en idioma maya.

Honduras es un país muy pobre. Si en cualquier país de América Latina, el aparente lustre de su capital esconde las miserias, en este caso no es así. Desde el aeropuerto de Toncontín, catalogado como uno de los más peligrosos del mundo, puede divisarse una ciudad en la que casas desvencijadas, y coronadas por amasijos de cables de alta tensión.

Este país ha sido esquilmado en sus riquezas a lo largo de los últimos siglos. Primero, minerales, por los españoles; más tarde, agrícolas como las que la United Fruit Company provocó a finales del siglo XIX y principios del XX. Esta compañía norteamericana, además de llevarse todos los beneficios del este país, por entonces primer productor de banano del mundo, le añadió como propina el sambenito de república bananera, junto a otros países hermanos de Centroamérica. Y es que es tradición hacer culpable de sus propias desgracias al país pobre, para que así otros puedan llevárselo calentito sin que nadie se sienta mal.

A la puritana Europa le ha escandalizado que algo que creía erradicado, el golpismo, haya vuelto a aparecer bien entrado el siglo XXI. Paradójicamente, el conflicto Zelaya- Micheletti pasa en la actualidad por tener menos titulares en la prensa de su propio país que la lista que el seleccionador de fútbol hondureño, Alexis Mendoza, va a dar para enfrentarse a Costa Rica en la inminente eliminatoria para el Mundial de fútbol.

Manuel Zelaya cada día que pasa va perdiendo fuerza en su país. Si no fuera por Hugo Chávez, o por su vecino nicaragüense Daniel Ortega, es probable que ya ni siquiera tuviera eco en el mundo. Porque se está dando la paradoja de que, al revés que siempre, lo que no es noticia en la pequeña Honduras, lo sea y mucho fuera de sus fronteras.

La historia de Zelaya es la de tantos y tantos dirigentes latinoamericanos a lo largo de su historia independiente: gente que acaba cogiéndole gusto al poder y que es capaz de vender algo que estiman de poco valor, como las ideas, a cambio de algo que sí les gusta más, el poder.

Zelaya se presentó por el Partido Liberal de Honduras, de ideología conservadora. Pasó el tiempo y, a modo de transfiguración, comenzó a sopesar la alianza con alguien lejano a sus votantes y a su partido, como Hugo Chávez, y a cambiar "ciertos detalles constitucionales sin importancia", como la posibilidad de ampliar sus mandatos.

Ahora, la comunidad internacional, se enfrenta a un dilema de difícil solución, porque no puede consentir el desalojo forzado del poder de un presidente elegido en las urnas, pero tampoco debería facilitar que ese mismo presidente se salte las ideas por las que fue elegido, la constitución que ampara su país, y todo ello aprisa, antes de que acabe su mandato a finales de año.

Desde el principio, todas las organizaciones internacionales condenaron la reaparición de une patología política que creían extinguida y apoyaron la restitución del presidente depuesto. Pero a medida que se ha ido conociendo el paño del que está hecho el presidente constitucional, han ido enfriándose las ganas de que vuelva al poder, y menos en loor de multitudes como pretendía.

El presidente desbancado cada vez ha ido perdiendo más credibilidad, y la fuerza que parecía tener se ha ido diluyendo sin remedio. Si amenazó con volver a su país a los pocos días del golpe, pronto se fue viendo que no era más que una bravuconada, y que no ha sido capaz de hacerlo, a no ser por esa tímida entrada y rápida salida que realizó hace unos días en Guatemala.

Cuanto más tiempo pasa, es peor para Zelaya. Todos lo saben. Cada día que pasa, más probable es que la solución propuesta por el presidente de Costa Rica Óscar Arias, se haga una realidad.

Cada día que pasa, la comunidad internacional tiene más ganas de volver a llevar a Honduras al pozo de los olvidos, y dejarla con un presidente aparentemente democrático en el lugar que siempre estuvo: alejada de los mapas y a merced de los buitres que toquen. Pero eso sí, que sean de los nuestros.

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