opinión

Pablo Bujalance

Huelga de hambre

AHORA sí que va a necesitar Nicanor Parra una María Kodama que se haga cargo de la biblioteca, como reclamaba él mismo en sus Poemas para combatir la calvicie. El antipoeta se ha empeñado durante las últimas décadas en permanecer ajeno a cualquier tipo de exposición pública (con excepciones como la que cometió el año pasado al declararse en huelga de hambre en solidaridad con 34 presos mapuches, dos de ellos menores de edad, procesados según la ley antiterrorista que se mantiene vigente en Chile desde el último mandato de Pinochet), y ahora, como escribiría él mismo, la kgó. Pero, a cambio de la fractura en su plácida existencia en Las Cruces, los lectores españoles de su obra nos sentiremos menos solos. Nuestra particular huelga de hambre se nos va aliviar un poco, por más que Parra ni siquiera contestara ayer a las llamadas de González-Sinde. No importa. La antipoesía es, digámoslo de una vez, uno de los acontecimientos más felices que la literatura en español puede contar en el último siglo. Roberto Bolaño lo supo, y Parra correspondió con un estremecedor artefacto tras su muerte. Todo es poesía menos la poesía: he aquí su credo. Y así devuelve el verso a su función original, humana hasta las heces. Dios sólo es otro weon que también la kgó. Basta leer sus Hojas de Parra para que el escalofrío cunda. Y en él la libertad feroz que hace de la corrección política el enemigo a batir. Salve, Parra.

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