Hoja de ruta

Ignacio Martínez

Huelga, miedo y liderazgo

ESTE país no está para una huelga general. Tampoco está para que una reforma laboral tan profunda se haga por las bravas. El nuevo presidente intenta diseñar su propio estilo de liderazgo, pero no termina de encontrarlo. De los dos últimos primeros ministros, Aznar se pasó de autoritario y Zapatero se pasó de ingenuo. Rajoy ya ha tenido algún gesto audaz que le ha puesto buena nota incluso en un selecto grupo de periódicos británicos y norteamericanos de primer nivel mundial. El anuncio en Bruselas, tras el último Consejo Europeo de que pondría el déficit español este año en el 5,8% del PIB en vez del 4,4% exigido por la Unión Europea, ha sido tomado como una medida de sentido común y como un desafío al directorio prusiano de la señora Merkel. Pues bien, en la reforma laboral que tanto ha encantado a la patronal y tanto ha indignado a los sindicatos le ha faltado al presidente la misma audacia. El perfil de su liderazgo no está terminado. Y se nota.

Las empresas de este país lo primero que necesitan es dinero en condiciones razonables, a precios asequibles. Es verdad que hay que facilitar la contratación, pero el anuncio gubernamental de que este año rozaríamos los seis millones de parados no por sincero deja de inquietar al pueblo llano. Hay miedo en la sociedad española. Mucho miedo, como en la copla. Miedo a perder el trabajo, la casa, el bienestar. Miedo a la ruina. Por eso lo más probable es que fracase la huelga general convocada ayer por los sindicatos. Salvo en las empresas y servicios públicos, que será donde vuelquen su esfuerzo los convocantes. En este capítulo ha faltado diálogo con los sindicatos, cuyos máximos dirigentes han pedido por carta y sin respuesta ver al presidente del Gobierno.

Será porque Rajoy todavía no tiene ultimado su perfil de liderazgo. Como no corre el riesgo se imitar la ingenuidad de Zapatero, a Dios gracias, habría que recordarle en el segundo mandato de Aznar se incubó su derrota de 2004. Un buen líder consigue consensos más allá de su rodillo mayoritario en el Parlamento. Y debe evitar demonizar a quienes le llevan la contraria en la calle.

La tentación de descalificar a los sindicatos es una moda nacional, nada pasajera. Pero las organizaciones sindicales son uno de los pilares de cualquier Estado democrático que se precie. De hecho, Soraya Sáenz de Santamaría, cuando era portavoz de la oposición en 2000, reprochó duramente al Gobierno de Zapatero que su reforma laboral se hiciese sin diálogo social, sin convencer a los sindicatos y para facilitar el despido, que no era precisamente lo que España necesitaba. Debería aplicarse ahora su propio cuento. Y el presidente debería esmerarse en encontrar pronto su propio perfil de liderazgo. Este país necesita confiar en alguien. Desesperadamente.

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