Hoja de ruta

Ignacio Martínez

La Iglesia y el error

UNO de los dogmas de la Iglesia católica es la infalibilidad pontificia. Dogma establecido en el Concilio Vaticano I, en 1870: el Papa no puede cometer un error cuando se pronuncia en cuestiones de fe y moral. O sea, que el propio Santo Padre puede errar cuando no promulgue doctrina moral, y los obispos no están a salvo del error. Ayer, en su homilía en la Catedral de Toledo, monseñor Cañizares dijo que la declaración de la semana pasada de la Conferencia Episcopal "no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños".

Hay algo que decir de los engaños. En la manifestación del 30 de diciembre en Madrid hubo menos de 200.000 personas (¡que ya es gente!), pero los organizadores contaron dos millones. Un engaño manifiesto, contrario al octavo mandamiento. Pero lo que más llama la atención de la homilía del vicepresidente de los obispos españoles es que diga que "no procedía de error" la declaración del jueves, que tanta polémica ha desatado. Según el propio dogma, ni siquiera Benedicto XVI sería infalible a la hora de determinar que hubo negociación política con los terroristas de ETA en esta legislatura y no la hubo en 1999, con un obispo español sentado a la mesa, con etarras y representantes del Gobierno de Aznar.

Cañizares se muestra muy dolido y añade que la Iglesia "no callará", aunque esto le traiga "juicios falsos e injustos". Pero la propia Conferencia Episcopal no ahorra desprecios hacia la democracia española, a la que tilda de autoritaria y corrupta. El sábado, un obispo con fama de moderado, el de Sigüenza José Sánchez, también se quejó: "Han dicho de nosotros cosas terribles". No es posible que los obispos estén sorprendidos de la reacción. La Iglesia tiene una experiencia de poder de veinte siglos y su diplomacia está entre las mejores del mundo. Por eso ha habido sotanas en la mediación de muchos conflictos, por ejemplo en Irlanda del Norte.

Otra cosa es su escasa perspicacia en los debates científicos. En 1633 el Santo Oficio condenó a prisión de por vida a Galileo Galilei por corroborar la teoría de Copérnico de que el sol era el centro del universo. Los preclaros hombres de la Inquisición se ratificaron en su teoría de que la tierra era inmóvil. Tres siglos y medio después, el Papa Juan Pablo II reconoció que Galileo fue condenado injustamente. Peor le fue al filósofo, médico y geógrafo español Miguel Server, que estableció la circulación de la sangre, en contra del criterio moral imperante de que lo que circulaba por las venas era el alma. La Inquisición católica quemó su efigie en 1551 y dos años después los calvinistas lo quemaron vivo en Ginebra. Afortunadamente, el actual debate español no está en el campo científico. Pero en todo caso, la jerarquía eclesiástica no debería remediar la frustración por su limitada influencia social con descalificaciones al sistema democrático español.

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