la esquina

José Aguilar

La Iglesia y la pederastia

LO cortés no quita lo valiente, y en este rincón el prejuicio es un material que no consumimos. Igual que critiqué la semana pasada la actitud de buena parte de la Iglesia católica con respecto al terrorismo en el País Vasco, hoy toca aplaudir la nueva actitud de la Iglesia, en su máximo nivel jerárquico, en relación con la pederastia de curas, obispos y frailes. Sin que se caigan los anillos.

Esta actitud de tolerancia cero con los abusos sexuales en el seno de la Iglesia procede enteramente del Papa actual, Benedicto XVI, el primero que ha cogido el toro por los cuernos y ha roto el ominoso silencio con que la jerarquía católica ha afrontado durante siglos un drama social que además de drama es un pecado grave y un delito canallesco. Sólo con el silencio cómplice e hipócrita ha sido posible, en efecto, que miles de niños y adolescentes hayan sido vejados por individuos protegidos por la respetabilidad de la sotana y amparados en su magisterio. Pastores de almas convertidos en buitres de la inocencia.

Durante mucho tiempo y cuando el problema de la pederastia ya era un baldón clamoroso, con miles de denuncias en Estados Unidos y Holanda, Alemania e Irlanda, todavía se hizo esperar la única respuesta institucional admisible. Al silencio inicial y el ocultamiento de los victimarios -a lo más que se llegaba era a trasladarlos de parroquia o diócesis, con lo que se aseguraba la propagación del mal- siguió cierto reconocimiento de la culpa, que se quiso reparar en parte por un método tan mundano y poco espiritual como el pago de indemnizaciones a las víctimas. Un alivio de conciencia y un mecanismo de anestesia del escándalo.

Pero nunca se había hecho lo que ha hecho el Papa presente. En mayo de 2011 Benedicto XVI ordenó a las conferencias episcopales de todo el mundo que tomaran medidas para prevenir los abusos y colaborasen con las autoridades civiles en la persecución del delito. El código canónico cambió también para adaptar las sanciones al carácter abominable del abuso. Ahora se celebra en la Universidad Pontificia de Roma un simposio con representantes de obispos y superiores de órdenes religiosas aleccionados por el Pontífice con un mensaje simple y contundente: la pederastia es una tragedia, la Iglesia necesita una profunda renovación al respecto y la reparación de las víctimas debe ser la preocupación prioritaria.

Hacia la curación y la renovación es el lema del simposio romano. Renovación de las relaciones de los sacerdotes con sus fieles más desvalidos y curación de una enfermedad que por arraigada y tumoral exige cirugía drástica, tal vez amputación, y una catarsis liberadora previa: las víctimas de abusos sexuales, tanto tiempo acalladas, contarán sus sufrimientos a los participantes.

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