La tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

Iglesia y sociedad

DOS caracteres, aparentemente opuestos, concurren en la Iglesia católica (fieles y jerarquía): la actitud de acogida y comprensión hacia el hombre, de una parte; de otra, ser un signo de contradicción en medio del mundo. Los dos le han acompañado desde sus orígenes y malo sería que no siguieran haciéndolo. Ambos modulan igualmente su relación con la sociedad. Una Iglesia que no fuese compasiva con el hombre de carne y hueso se deshumanizaría y, sobre todo, no cumpliría los designios amorosos de su fundador. Pero, de la misma forma, una Iglesia adocenada, moldeada por el mundo, sin ser objeto de contraste con él, no sería fiel a su misión. Esta paradoja cuesta entenderla, a veces, incluso, a sus propios fieles.

Aspectos coyunturales aparte, la Iglesia se halla hoy ante uno de los retos más importantes de su ya larga historia: denunciar y explicar en beneficio del propio hombre las amenazas deshumanizadoras que se ciernen sobre él, hoy si cabe más poderosas que en el pasado, y que él mismo provoca, basándose en ideologías más o menos difusas, erróneamente tildadas de progresistas. Es lo que definimos en general como defender la vida frente a una cultura de la muerte, en la actualidad fuertemente arraigada entre nosotros.

Afecta dicha defensa, sobre todo, a la dignidad del ser humano, en especial la de los más débiles, y se expresa socialmente a través de la lucha contra la pobreza, pero también, en no menor medida, de la defensa de la libertad frente a los nuevos totalitarismos, de la familia, el enfermo terminal y el no nacido. Desgraciadamente, la crisis espiritual y moral que vive Occidente, y España en particular, hace todavía hoy más necesaria la voz de la Iglesia y de los católicos.

Pero no debemos olvidar que esta actitud tan consecuente ha de chocar irremediablemente con las fuerzas e intereses, personales y colectivos, que desean, por motivos diversos, la persistencia y el ahondamiento de dichos males. El enfrentamiento con ciertos partidos, gobiernos e instituciones, así como con lobbys influyentes, tiene en ello su raíz. Evidentemente, su deseo y el de quienes no quieren complicarse mucho la vida es el hacerla callar. Pero si la Iglesia los obedeciera por temor o conveniencia, significaría que renuncia a ella misma.

La actual lucha pacífica de la Iglesia no sólo tiene que ver con elementos externos, sino con aquellos otros que, como nuevo caballo de Troya, actúan desde dentro, aprovechando con frecuencia los medios que aquélla les ofrece. Después del Concilio Vaticano II, en efecto, toda una serie de fuerzas centrífugas, formadas por religiosos y laicos indistintamente, se ha instalado en el interior de la misma, o mejor, utilizan dicho evento histórico como palanca para desarrollar unas ideas cuyo resultado no es otro que la pérdida de identidad de la Iglesia católica o un edulcoramiento peligroso, obstaculizador a la corta y a la larga de su ineludible misión.

Sin ánimo de ser exhaustivo, cabe hablar de dos tipos de grupos al respecto: aquel que, de forma inocente o poco formada, cree ser más fiel al Evangelio a partir de tales rebajas y concesiones, y aquellos, más conscientes del proceso en marcha, que promueven una Iglesia irreconocible o su transformación en otra cosa diferente, aunque, lógicamente, ellos no lo expresen así. En ambos se hallan, en dosis varias, total o parcialmente, elementos provenientes de la secularización experimentada por la Iglesia en las últimas décadas, el relativismo práctico hoy tan vigoroso, el sincretismo bajo forma de diálogo interreligioso, la teología de la liberación de resabios marxistas y hasta de la New Age en sus diferentes variantes.

Siendo la actitud de los primeros por lo general menos beligerante que la de los segundos, convergen ambos en oponer la jerarquía al resto de la Iglesia y/o el Jesús histórico, tal como lo interpretan determinados biblistas y teólogos, al Jesús de la fe de la Iglesia, cuyo legado vivo está obligada a guardar. Esta separación, al margen de los negativos efectos pastorales que produce (confusión de muchos espíritus sencillos, extrañas compañías de viaje, dialéctica progresistas-neoconservadores, etc.), debidamente manipulada y utilizada por las fuerzas sociales defensoras de la llamada cultura de la muerte con todo el importante poder a su alcance, les sirve para arremeter contra la Iglesia y sus pastores, estableciendo una interesada dicotomía entre una Iglesia pretendidamente progresista y dialogante por un lado y otra reaccionaria y cerrada de otro, dividiendo y debilitando con ello a su pretendido "enemigo". Ni que decir tiene que si estas fuerzas consiguieran su propósito, el hombre, en lo más profundo de su naturaleza, quedaría negativamente afectado.

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