La tribuna

Jose Manuel Aguilar Cuenca

¿Iguales ante la ley o iguales por ley?

CUÁNTO quisiera uno alcanzar al gran Salinas y vivir en los pronombres. Sin embargo, este tiempo que nos toca lidiar está más cerca de las preposiciones que de aquella clase de palabras que hacen las veces de sustantivo. Mucho me temo que la forma que el nuevo Gobierno ha adoptado, especialmente en asuntos de justicia y asuntos sociales, sea una oda al valor de la preposición como instrumento articular de la convivencia. Me explico. Hasta no hace mucho los ciudadanos éramos iguales ante la Ley. Todos, sin importar nuestra condición social, formación, origen, raza, sexo, creencia o inclinación política, nos teníamos que enfrentar a unas normas de convivencia y dar respuestas y asumir consecuencias por nuestros actos. Esto, a tenor de la forma del nuevo Gobierno, con un Ministerio de Igualdad, va a cambiar. Ahora todos, sin importar nuestra condición, vamos a ser iguales por Ley.

Les parecerá baladí esta reflexión, pero yo les ruego que reflexionen conmigo un instante. Si hasta el momento usted podía disfrutar del orgullo de sentir la satisfacción de la recompensa a su esfuerzo, a partir de ahora podrá gozar de la percepción de que, no importa lo que haga, todos somos iguales. De esta forma el niño no tendrá que estudiar porque, como todos somos iguales, obtendrá las mismas notas que aquel que se pase todo el curso vagueando. El trabajador con pericia cobrará igual que el incapaz, mientras que la empresaria con iniciativa será igual al empresario oportunista. Todos iguales, porque lo va a decir un Ministerio.

Mucho me temo que la tentación de nuestros últimos gobiernos por lograr la uniformación mental de la ciudadanía va a alcanzar su grado máximo en la presente legislatura, con iniciativas legales que fuercen esta supuesta igualdad por decreto. Y de este modo no estaremos ante la Ley, sino bajo la Ley. Ya no hará falta que hagamos nada y, motivado por ello, nos tendremos que enfrentar a su jurisdicción en función no de nuestros actos sino de cómo nacimos. Será por lo que somos que la sufriremos, en un raro giro hiperbólico, en donde la pretensión de igualdad será la responsable del trato diferencial.

El origen de todo esto viene de un concepto tramposo, que considera a todo sujeto igual que su vecino por el hecho de su nacimiento, pero que comienza a discriminarlo si nace de un sexo u otro. Es decir, ya no importa qué hagas, sino quién eres. En otro tiempo gentil frente a cristiano y éste frente a judío, comunista o fascista; hoy hombre frente a mujer o minoría frente a mayoría. Aquel que se encuentre en el grupo que el Gobierno establezca como discriminado -para lo cual requerirá un sanedrín bien alimentado que le asesore- será tratado bajo el prisma del trato diferencial que busca la igualdad.

Cuestión muy distinta es educar. Educar es una construcción de futuro que cambiará el mundo con esfuerzo, mientras que legislar es una acción actual que dentro de poco tiempo tendrá que ser inevitablemente revisada porque quedará obsoleta. Las leyes de un Gobierno, con un color político determinado, no están para educar, para decir qué es bueno o malo, so pena de que queramos participar en una sociedad totalitaria. La conducta humana fluye independientemente de las leyes a las que pueda someterse, sin embargo, condicionada por la educación en la que creció.

Yo no pienso ponerme ningún uniforme, físico o mental, que me haga ser igual que mi vecino. Me encanta que éste piense distinto. Nací en democracia y esos valores los tengo muy asumidos. Si ese vecino es hombre o mujer me da lo mismo, sólo si él tiene más derechos que yo por razón de su nacimiento estoy seguro que mi comportamiento se verá alterado, generando una crispación legitima ante tamaño oprobio. La historia de la humanidad está llena de intentos de uniformización de la población por parte de políticos, que masacraron las esperanzas de sus conciudadanos, pero desde Darwin hasta nuestros días la variabilidad mueve el mundo, y aquellos más dotados adelantan a los menos, a pesar de leyes de igualdad. Aún más, aquellas poblaciones que ven cómo su diversidad se amenaza, lo que realmente contemplan es el borde del abismo de su propia extinción.

Plantearse qué hay tras todo esto es averiguar hacia donde nos quieren llevar. Es mucho mejor que se genere una lucha artificial entre sexos que una lucha entre clases. Lo último desestabilizaría sobremanera al capital. Es mejor que cada uno tenga su casa, en vez de compartir una, ante el temor de que si te divorcias te vas a quedar sin nada. Eso mueve el mercado, obliga a los ciudadanos a estar pendientes de por vida de una hipoteca, a ser suspicaces, a ver al otro como al enemigo, lo que le impide plantearse que en muchas ocasiones es el Estado el realmente responsable de su aislamiento. Y así el poderoso seguirá en su lugar, mientras el ciudadano anda ocupado sobreviviendo.

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