La tribuna económica

Joaquín / Aurioles

Ilusión monetaria

REFLEXIONANDO sobre la posibilidad de que las señales de abandono de la recesión pudieran estar afectadas por algún efecto alucinógeno, me vino a la memoria una charla de café, hace ahora algo más de un año, con un buen amigo con larga e intensa experiencia política, y por lo tanto mucho más ducho que yo en la dialéctica de lo cotidiano. Rebatía mis argumentos sobre la perversidad de la inflación. Nos hace perder competitividad y nos empobrece a todos, le decía yo, pero mucho más a los que menos tienen porque se reduce la cantidad de bienes que pueden adquirir con su dinero. Sólo los propietarios de bienes cuyos valores se mueven con la inflación se benefician, por lo que además resulta profundamente injusta. Pero si suben los precios, también suben los salarios y todos ingresamos más, decía mi amigo. Además, el gasto no se detiene, sino que se acelera. Se anticipan las decisiones de consumo con el fin de evitar la pérdida del poder adquisitivo del dinero y esto significa actividad, empleo, etcétera.

Estábamos en plena efervescencia deflacionista y mi amigo había recalado en la promoción inmobiliaria en el peor momento, lo que significa que dominaba perfectamente la cuestión. No hay compradores porque todo el mundo está convencido de que, si aguanta, podrá comprar más barato. Se trataba de una clara anticipación de la temida espiral deflacionista.

Me daba cuenta de que nuestra discusión deambulaba por los terrenos que durante tantos años han enfrentado a los economistas sobre el mantenimiento artificial de la demanda a base de gasto público y sus consecuencias sobre el empleo y la inflación. El mismo debate que en la actualidad personifican Merkel y Obama, o entre el modelo argentino de crecimiento y el de sus vecinos brasileños y chilenos. Todos creciendo a buen ritmo, aunque los primeros con una inflación bastante mayor que los segundos. A la vista de que no me daban tregua, me atreví a hablar de sostenibilidad e incluso de ilusión monetaria. En épocas de crisis los gobiernos toman decisiones excepcionales que luego exigen costosas reparaciones. Si un gobierno se endeuda en exceso para mantener artificialmente la demanda y los precios, genera costes que a la larga pueden incluso perjudicar la reposición del tejido empresarial y el empleo desaparecido durante la crisis. Además, todos estamos expuestos a los espejismos de la ilusión monetaria, es decir, a conducir nuestras decisiones en función de los estímulos monetarios falseados por la inflación. Pretender que una economía sobreviva en la cresta de la inflación y respondiendo permanentemente a unos incentivos ficticios significa dirigirse en línea recta hacia el suicidio.

Su argumento final fue que siempre ha habido tontos y listos, que siempre unos han vivido de los otros y que el verdadero suicidio para una economía será pretender tratar de la misma manera a los dos. Ante esto, sólo supe responder que estudios científicos demuestran que la competencia real de los que se creen más listos suelen estar por debajo de la media de su género, mientras que los más inteligentes tienen a sobrevalorar sus limitaciones y suelen autoproclamarse mediocres en el ranking.

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