la tribuna

Miguel Ángel Núñez Paz

Ilusiones, sanciones y dopaje

ME sorprendió esta semana, como a todos, la noticia en clave de lamento cuasi unánime por la sanción bianual para el ciclista Alberto Contador, y al mismo tiempo me hace reflexionar sobre lo efímero de las ilusiones, la cantidad de valores contrapuestos que existen en el negocio del deporte, la complejidad de algunas sanciones y la fragilidad de los mitos, expuestos a las más diversas intenciones y finalidades: las de sus jefes y patrocinadores, las de determinadas instituciones (cada una con sus particulares cuitas e intereses), las de sus afanes competitivos y sus frágiles cuerpos extenuados y al albur de las más dramáticas condiciones en aras del espectáculo, un explosivo cóctel aderezado con una variopinta pluralidad de tribunales y políticas estatales e internacionales.

Vaya por delante que el ciclismo, al que me aficioné de la mano, o mejor dicho del pedal de Perico Delgado (otro sospechoso, como todos los que se subieron un día a las dos ruedas del éxito), supone para mí una constante fuente de admiración ante el conjunto más colosal de exigencias deportivas y humanas, sin apenas parangón en ningún ámbito competitivo: a éstos, además de exprimirles hasta la última gota de sudor con veintiún días de carrera, coronando en una tarde cuatro o cinco puertos cuyos trazados ya a pie se presentan imposibles, les venían levantando del merecido descanso a las cinco de la madrugada para extraerles sangre con la malsana intención de culpabilizarles de dopaje -qué barbaridad-. Ya podrían haber despertado a algunos banqueros nacionales e internacionales para interrogarles sobre sus movimientos financieros, de repercusión mucho más interesante para todos los humildes aficionados al deporte; no quiero hacer demagogia pero lo cierto es que ésos descansan plácidamente y sin interrupciones en sábanas de seda.

El ciclista, por ser un luchador y un ejemplo de exigencia personal, por proveernos en tan complejos tiempos de ilusiones confortadoras, tenía y tendrá toda mi simpatía. Entiendo que -sin atreverme a juzgar una causa que desconozco en su fondo y en su argumentación procesal- se ha perseguido hacer de la suya un supuesto modelo y, por lo que he leído en la prensa internacional, no queda nítidamente resuelta la ausencia de intereses espurios y heterogéneos en su persecución.

Las cuestiones que hoy me planteo en este espacio guardan relación con la necesidad de determinadas sanciones, y a determinadas personas. ¿Basta para aplicar un castigo el que éste aporte un poderoso contenido ejemplarizante? ¿es la disuasión, es la intimidación, o es la limpieza en el deporte la esencia de castigar a alguien que presenta 0,00000000005 gramos de clembuterol por mililitro de sangre, o es que en realidad se necesita escarmiento y condena? Siempre me he opuesto a tales extremos en el ámbito que me compete: el derecho penal, y hoy lo hago extensivo también al administrativizado mundo de los deportes, en el que seguramente operen intereses mercantilistas que se priorizan en algunas esferas sobre las alabadas y amables estrategias del barón de Coubertain.

No puedo dejar de lamentar y criticar de forma furibunda la inversión de la carga de la prueba impuesta en un proceso hipotéticamente justo en el que se obliga al deportista a demostrar que no ha consumido sustancias dopantes. Apelo a la más elemental presunción: la de inocencia, de la cual esta semana parte de la prensa francesa (televisiva y escrita) parece mofarse, ridiculizando y poniendo en duda la limpieza del deporte español y caricaturizando figuras como la de Rafael Nadal. Mal vamos si hay que recurrir a maniobras manipulativas para resolver competiciones que habrían de librarse en buena lid deportiva.

Una sanción, y más cuanto más grave se presente, sólo debería imponerse cuando requiera la estricta necesidad. Por tanto las cuestiones serían: esta condena tan severa ante una infracción con base en un ridículo coeficiente, que no parecía generar superioridad alguna en el ámbito competitivo, cuya intencionalidad no se requiere, de la que la resolución señala la imposibilidad de conocer su procedencia con certeza, incluso presentado alguna contradicción evidente... ¿era necesaria? Sinceramente creo que no, incluso aunque fuera justa en términos estrictamente legales, lo cual es discutible.

Le deseo todo el afán de superación del que ha hecho gala tantas veces a ese magnífico deportista, y a vosotros os suplico que jamás dejéis de confiar, de buscar razones que os ayuden a soñar. No, no es que presente el síndrome de Peter Pan, es que me niego a cejar en la lucha por seguir diferenciándonos de las bestias, y eso sólo se observa a través de los anhelos y la solidaridad.

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