hierba y cal

Juan Antonio Solís

Impronta

LA pausa, la templanza, la mesura... virtudes que son perros verdes en este mundo del fútbol. En el campo, y fuera de él. Virtudes que ha exhibido Renato Dirnei desde que llegara de puntillas, con su pinta de pelotero caro aun vestido de calle, en aquel verano de 2004 en que Caparrós aún regaba la semilla del Sevilla campeón.

Como llegó se va. Bueno, como llegó... y con seis títulos más en su palmarés. Aunque él, más que sacar pecho o reivindicarse en su despedida, se haya dedicado a agradecer, con el corazón en la mano, con el brazalete de capitán bien ajustado en el brazo derecho, estos inolvidables siete años. Sus palabras rezumaban orgullo por haber pertenecido a ese equipo que recitarán por siempre los sevillistas que lo vieron jugar y los que no. Nada de lágrimas de cocodrilo.

Se va sin dejar pendencia alguna, a pesar de que perdía la titularidad con la misma facilidad que tenía para ponerse de gol, y hacerlos, en las grandes ocasiones. Ni un dardo envenenado por una suplencia mal encajada, ni un mal gesto con la prensa. Queda su taquilla inmaculada para el que la quiera ocupar. El que lo haga debe tener muy presente quién recogió de ella sus pertenencias, partido tras partido, con el honor intacto durante estos últimos siete años. Igual convendría que algún sagaz utillero dejara una estampa con su figura dentro de esa taquilla para que los llamados al inminente cambio de ciclo tengan siempre muy, muy presente cómo se debe comportar un profesional de una pieza, lluevan títulos o insultos.

Se va un pelotero. Queda algo mucho más caro que la plata: su impronta.

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