Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

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UN ex empleado de banca se sentía como un trilero cuando tenía que vender apestosos productos financieros a sus incautos clientes de sucursal de barrio. Hombre, me conozco a unas cuantas entidades así. Vuelve Jordi Évole. Curioseando como si fuera un becario despistado, metiendo los dedos en las llagas sociales y tomando en las manos, en nombre de nosotros, lingotes de oro y preguntándole sobre todo este fracaso a José Luis Sampedro, un hombre, en el sencillo sentido de la palabra, sabio.

Salvados vuelve a refrescar la noche de los domingos y a encender las redes sociales. El programa de regreso parecía un prólogo a la serie Crematorio que La Sexta estrenaba en abierto anoche. La melancólica luz de los atardeces de Barcelona y Mijas parecían este domingo una continuación del inquietante paisaje de la ficticia Misent. Si no vieron ayer Crematorio se les están acabando las excusas para no conocer este electrizante trabajo de Pepe Sancho y de toda la red personal que le rodea, un invernadero pegajoso donde se respira codicia y miedo, con unos diálogos que son versículos bíblicos son la pringue y la corrupción. Una reconstrucción televisiva de una dura y difícil novela.

El velatorio por un ingenuo y el tanatorio de unos sinvergüenzas son los dos puntos de partida de una historia que hoy habría firmado Berlanga, con esa corona de flores firmada en ruso. De todos los personajes que rodean al protagonista, al capo paellero Rubén Bertomeu, me quedaría con los que interpretan Juana Acosta y Vicente Romero. La rechazada pareja, Mónica, es de una fidelidad canina; el sicario Sarcós es de una asombrosa lealtad perruna. Dos maneras de representar la admiración y la gratitud. Crematorio es admirable.

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