palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Incendios

EL recuerdo de la primera novela que leí hace una década de uno de los mejores narradores norteamericanos, Richard Ford, me acosa todos los veranos. Se titula Incendios y es una pavorosa metáfora sobre el fuego que destruye los bosques cada verano pero también del que calcina los buenos tiempos (está ambientada en 1960 al final del gran boom del petróleo), la edad de la inocencia (es el relato de iniciación de Joe, un adolescente que vive en Gran Falls, Montana) y consume la estabilidad sentimental de los protagonistas. Todo (árboles, conciencias, bienestar) arde alrededor de Joe y de su padre, un profesor de golf al que la crisis ha mandado al paro y que se alista en una brigada de voluntarios para combatir los incendios incontrolados que cubren la ciudad de cenizas: los incendios auténticos y los incendios figurados que todo lo consumen.

Ayer reviví intensamente, leyendo los periódicos, el bellísimo y desolador relato de Ford. En las portadas de los diarios rivalizaban por ser la primera noticia dos calamidades que compartían los mismos adjetivos devastadores. En algunos casos incluso los intercambiaban. La prima de riesgo sin control, titulaba uno; el incendio de La Jonquera, descontrolado, ponía otro; la economía española en el ojo del huracán; las llamas pavorosas avanzado por el corazón del Empordà. Los perjudicados por la tenaza impositiva concentrados a la defensiva en la calle; los pobladores de la región reunidos en reservas. Y el maldito viento (que es una metáfora polivalente y en cierto modo demencial) alimentando la avidez de las llamas.

Hay en ambas historias una sugerencia fundamental al azar, al infortunio, como causante de los incendios y, sobre todo, como responsable de su ciego y espantoso avance, pero en realidad es sólo una apreciación, un espejismo. La incapacidad de controlar los grandes desastres transmite esa sensación aleatoria e imprevisible: en el bosque y en la economía. Pero cuando en La Jonquera las llamas se apaguen los investigadores identificarán a los responsables del incendio y cuando la crisis se sosiegue y deje el campo de batalla calcinado y lleno de cadáveres los analistas identificarán a los causantes, a la minoría de ganadores que aviva a diario las llamas; a los botarates de los bancos centrales y los fondos monetarios; a los insensatos banqueros; a los mequetrefes que desde los organismos internacionales no han tenido el coraje de afrontar las soluciones; a los políticos cobardes que han capitulado y han preferido arrojar gasolina al incendio, como decía ayer Felipe González, y a todos los que han contribuido a alimentar este fenomenal pandemonio cuya combustión está convirtiendo nuestro mundo en altas y rojas hogueras.

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