EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Independencia

ES posible que el gran éxito de la manifestación en Barcelona a favor de la independencia se deba a que es la única iniciativa actual que sirve como proyecto de futuro. No niego otras causas -sobre todo el fuerte sentimiento de identidad nacional de los catalanes-, pero en tiempos de desmoralización y sacrificios, y en tiempos de políticos cobardes que no se atreven a hablar claro a la ciudadanía, esta clase de ideas románticas sirven como una portentosa terapia de autoayuda y de superación personal. No hay nada mejor para salir de una depresión que sentirse arropado por un grupo que te asegura que eres mejor que los demás. Y en este sentido, soñar con la independencia es una idea muy simple que permite combinar el narcisismo sentimental ("Somos mejores que nuestros vecinos") con el agravio victimista ("Esos vagos de aquí al lado nos roban lo que es nuestro"). Y no hay que olvidar el instinto primario de la huida hacia adelante, que es una tentación irreprimible en tiempos de angustia por la crisis económica. Y es que mucha gente -estoy seguro- fue a esa manifestación de Barcelona no porque desease de verdad la independencia, sino porque ese objetivo le trasmitía una idea de futuro que ahora mismo se hace indispensable para batallar contra los sacrificios de la vida diaria. Y uno de los mayores errores de Rajoy -un burócrata que no está capacitado para gobernar un país en tiempos de crisis- es que no ha sabido articular un mensaje esperanzador que pueda permitir a la ciudadanía soñar con alguna clase de futuro.

En estas circunstancias, la idea de la independencia catalana tiene garantizado el éxito a largo plazo, y la única forma de combatirla es argumentar con inteligencia y astucia. Comprendo que muchos catalanes estén hartos y cabreados -como millones de ciudadanos del resto del país-, pero me pregunto si saben lo que les va a costar la independencia. Un estado independiente tendrá que pagarse su ejército, su marina, sus guardacostas, sus policías de fronteras y su cuerpo diplomático. Y no sólo eso, sino que tendrá que gestionar su salida de la UE y el abandono del euro, y luego su reingreso -¿cuánto tiempo después?-, justo en unos momentos en que la Unión Europea está viviendo la peor crisis de su corta historia. ¿Cómo se hará eso? ¿Y que pasará con los bancos y con las hipotecas de la Cataluña independiente? ¿Y en qué moneda se pagará la gigantesca deuda pública catalana, en euros o en la nueva moneda?

Esto es algo que alguien debería decir con claridad, sin miedo y sin cobardía, porque eludir los temas incómodos, como parece ser el estilo de Rajoy -y antes fue de Zapatero-, es la mejor garantía de que esos problemas se irán gangrenando hasta desembocar en un desastre colectivo.

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