Crónica personal

Pilar Cernuda

Indiferencia

TODO es terrible en el caso del austriaco Fritzl, todo es demoledor, trágico, desgarrador, impactante. Con un ingrediente añadido que obliga a la reflexión: nadie advirtió nada, nadie sospechó que había vida -nada menos que una vida familiar- en la trastienda de aquella casa aparentemente tranquila.

No miramos a nuestro alrededor o, lo que es peor, desviamos la vista hacia otra parte ante algo inquietante. Mejor el encogimiento de hombros que indagar lo inexplicable, mejor la indiferencia que hacer preguntas con respuestas molestas. Es preferible no profundizar si pueden surgir problemas.

Fritzl construyó en su vivienda un zulo de treinta metros cuadrados, y lo hizo cuatro años antes de perpetrar su fechoría, con unos mecanismos tecnológicos y de seguridad que necesariamente tuvieron que llamar la atención de alguien. Compró materiales, dedicó horas a su trabajo, sacó escombros y metió puertas. Nadie preguntó nada. Desapareció su hija y nadie indagó sobre su paradero. Aparecieron sucesivamente varios hijos de la supuesta desaparecida y tampoco se movió un dedo para saber dónde, cuándo y cómo había dado a luz. Fritzl amplió el cubículo donde vivía su otra familia, instaló sofisticados mecanismos de precisión y ventilación, para los que necesitó cables, tubos, válvulas y artilugios electrónicos. Nadie preguntó nada. Desaparecía durante horas en el sótano, a veces días enteros, y nadie preguntó nada. Hizo ruido, compró medicinas y ropas, llevó muebles a su segunda casa y ni una sola persona se preguntó qué estaba ocurriendo, qué tipo de actividades desarrollaba allá abajo, por qué un perro ladraba sistemáticamente cuando pasaba por delante de una zona de la casa y sólo cuando pasaba por delante de esa zona de la casa... Nadie vio nada, nadie denunció nada, nadie echó nada de menos, nadie se sorprendió de nada.

Nos hacemos cruces sobre lo ocurrido en Austria, y es para hacerse cruces, pero, aparte del horror que provoca la historia, su sordidez, su truculencia, la perversidad en estado puro, quizá habría que preguntarse sobre nuestra capacidad de echar una ojeada a nuestro alrededor, pensar en los demás, no estar pendientes sólo de nosotros mismos.

A nuestro lado, al otro lado de la pared o de la valla del jardín, a veces se escuchan llantos, en ocasiones incluso gritos. O el silencio se prolonga de forma inexplicable. Desaparecen personajes cotidianos sin que nadie haya informado sobre su marcha o dejamos de ver a quien nos cruzábamos todos los días, a la misma hora, durante años. Con frecuencia, nos llegan noticias de ancianos que llevaban muchos meses muertos en su domicilio o nos cuentan que en la casa de al lado un niño ha sido ingresado malamente herido por las palizas de sus padres, y recordamos entonces los gritos del chiquillo.

Fritzl fue descubierto porque una de las hijas nacidas en cautiverio enfermó. Pero las crónicas cuentan más: decidió llevarla al hospital porque, finalmente, ya estaba cansado de su hija Elisabeth, ya no le atraía a sus cuarenta y dos años.

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