tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Indignación e indignidad

CALIFICAR de nihilista, marginal o antisistema no sirve para describir o menospreciar a quienes, con su indignación, exigen el rescate de la política. Menos, cuando la lectura la hacen malos políticos, los que han permitido o provocado la degradación de la democracia. Si la clase política constituye, en la preocupación de los españoles, uno de los tres principales problemas del país, es para preguntarse si los personajes oscuros que anidan en los tinglados no deberían abandonar la escena. La regeneración política está en la mente de la mayoría de la población, sin distinción de edades. La indignación se refleja en el CIS.

La dimisión no aceptada de tres miembros del Tribunal Constitucional pone de relieve la contaminación de la alta institución del Estado por el juego de los partidos, contaminación extensiva a todas las instancias donde el mercadeo es necesario en el nombramiento de sus miembros. La instrumentalización partidista pervierte los mecanismos que regulan los controles del poder y recorta la independencia de éstos, al tiempo que traslada a la opinión pública una impresión de debilidad democrática, abriendo ventanas a las derivas populistas o a los violentos que asoman en el horizonte.

Si bien la intoxicación se ha generalizado, en el caso del Constitucional sobrepasa las líneas rojas. La independencia, el equilibrio y la capacidad de control de los grandes pilares del Estado de derecho se ven amenazados por una presión que alcanza a otros resortes asociados a la esfera pública, como son los medios de comunicación, sumiéndolos en la misma decadencia ética. Y todo ello, aun siendo inadmisible, no lo hacen buenos políticos, sino líderes bajo sospecha, escasos de argumentos, con pocos escrúpulos, metidos en una carrera de supervivencia que, en muchos casos, traslada al plano de la retórica su real compromiso con los problemas del país.

Por eso, cuando la indignación encuentra eco en el mundo de la cultura, en la universidad, en ciudadanos de todas las edades, el discurso ampuloso de quienes recuerdan su paso por las urnas para legitimar su bronceado democrático olvida que la soberanía no queda secuestrada tras el voto, sino que sigue residiendo en la ciudadanía, en la libertad individual de decidir, intervenir y delegar. Por ello, al intento de rescate de la política no se le puede tachar de nihilista, marginal o antisistema, ni confundir con las provocaciones al uso. En la lógica de la regeneración no caben los enmascarados y emboscados que, como hemos visto en Cataluña, dan a la indignación un peligroso punto de indignidad.

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