crónica personal

Pilar Cernuda

Indignación

HA ocurrido lo que muchos temían: han perdido su carácter solidario, su fuerza, sus certezas, su razón. El 15-M se ha dejado trufar por movimientos que no tenían ni tienen nada que ver con sus señas de identidad, sobresalen los insumisos, los disidentes, los antisistema e incluso los delincuentes en vez de sobresalir los que de verdad merecían hacerlo: los que no pueden más de mediocridad política, de decisiones que se toman a espaldas de los ciudadanos, de falta de coraje para afrontar los problemas reales, los problemas de la calle, de los parados, de los jóvenes faltos de perspectivas, de ancianos a los que prometieron todo y no reciben nada, de verte desahuciado porque la falta de empleo te impide pagar la hipoteca y te impide alimentar a tu familia. Se comprendía la indignación de los que se autodenominan indignados y claman por lo que también denominan democracia real. Pero, después de un mes de acampadas y desórdenes callejeros de todo tipo, lo que provocan es indignación hacia su movimiento de indignados.

Han intentado sin éxito paralizar el Parlamento gallego; sin éxito porque no lograron convocar a suficientes simpatizantes. Han logrado, sin embargo, bloquear la entrada de los parlamentarios catalanes en Barcelona, de manera que hubo que organizar un puente aéreo de helicópteros para que portavoces y diputados autonómicos pudieran cumplir con su trabajo. En Madrid, apoyaron a una familia que iba a ser desahuciada con sus dos hijas pequeñas por impago de la hipoteca; evidentemente su acción provocó las simpatías generalizadas, es injusto que los gobiernos no tomen medidas para impedir esas actuaciones que claman al cielo; ya que ha mostrado su incapacidad para crear empleo, por lo menos que legisle para que los morosos tengan algún tipo de solución para salir o aplazar sus situaciones límite. Sin embargo, esa acción de apoyo quedó contaminada, para mal, cuando los indignados arremetieron contra los políticos que habían acudido a expresar su apoyo y los mojaron con bombas de agua.

Ya está bien de guante blanco. Una cosa es la prudencia que tanto menciona Rubalcaba y otra muy distinta que estemos obligados a soportar vandalismo, insalubridad, desórdenes callejeros, violencia, insultos y acampadas que arruinan barrios enteros. El ministro de Interior no está dándola talla. Ese movimiento tuvo unos orígenes que podrían ser considerados ejemplares, y que ha acabado acogiendo a gran parte del lumpen que pulula por las calles, aunque todavía se pueden encontrar en sus filas algunas personas de vida y de talante muy especial, solidario y ejemplar. Pero en los últimos días predominan las decisiones de los que se apuntan al alboroto por el alboroto, al desorden y al caos, con nulo respeto a los demás.

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