La crónica económica

Manuel Hidalgo

Inflación y productividad

DESDE 1996 hasta 2007, la inflación española, de media, fue superior en más de un punto porcentual a la del resto de los países integrantes de la Unión Monetaria. Más aún, desde finales de 2005, este diferencial ha aumentado al 1,5%. Habitualmente se argumenta que esta mayor inflación erosiona nuestra competitividad frente a nuestros socios comerciales. Como consecuencia, se suele exigir a nuestro Gobierno que tome medidas de ajuste estructural para que dicho diferencial a medio plazo sea eliminado. Sin embargo, la lectura que puede hacerse de esta evidencia no es tan inmediata y cualquier análisis que no incluya aspectos más complejos que la mera comparación se puede calificar de ingenuo.

Hace ya varias décadas, dos economistas, los profesores Balassa y Samuelson, publicaron una interesante predicción teórica respecto a los diferenciales de inflación entre dos países con importantes relaciones comerciales. Argumentaban que, dado que los países compiten en los mercados internacionales, los precios de los bienes comercializables deben converger, es decir, igualarse. Esto implica también, que los países menos eficientes mejorarían su productividad en estos bienes como única posibilidad para sobrevivir en los mercados competitivos. Como las mejoras en productividad se traducen en subidas salariales en dichos sectores, los trabajadores del resto de sectores no sujetos a la competencia internacional van a exigir una retribución similar. Ante la amenaza de un éxodo de trabajadores hacia los sectores con mayores salarios, los empresarios suben los sueldos y, para mantener márgenes, los precios. Dicho de otro modo, estos economistas predicen que en una integración, la inflación de los productos no comercializables será mayor en aquellos países con mayores deficiencias productivas, ya que realizan mayores ajustes en productividad en los sectores sujetos a competencia internacional.

Trayendo este argumento a España, es posible que nuestro diferencial en inflación esté motivado en parte por nuestra cada vez mayor apertura comercial. Si esto fuera cierto, la diferencia en inflación de los bienes exportables debiera ser muy inferior a la del resto de productos. Si buscamos en los datos, encontramos evidencias interesantes.

Por un lado, el diferencial de inflación entre bienes industriales, la mayoría exportables, españoles y del resto de la Unión Monetaria superó escasamente el 0,5% durante el periodo comentado. Por el contrario, el diferencial de inflación entre los bienes no comercializables, por ejemplo gran parte de los servicios, fue de 1,6% de media. Es decir, nuestro diferencial de inflación es tres veces mayor en los bienes no sujetos a competencia.

Estos resultados matizan muchas conclusiones sobre nuestra inflación. Aunque parte de ella viene motivada por la aún relativa ineficiencia de nuestra estructura productiva, otra parte es consustancial al propio proceso integrador. Esto no implica una relajación en la toma de medidas antiinflacionistas, pero sí nos obliga a cambiar nuestra perspectiva sobre ella.

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