La crónica económica

Gumersindo / Ruiz

Inflación y productividad

EN la reciente Feria del Libro me resultó especialmente interesante la presentación de la obra de Federico Aguilera Klink La nueva economía del agua, que reúne varios trabajos del autor sobre el tema. El prólogo de Francisco Puche, uno de los impulsores de esta corriente, nos sitúa el libro y la discusión económica en un entorno de cooperación más que de competencia en el mercado. De hecho, el término "cultura" se utiliza como actividad que mantiene cohesionada una sociedad o comunidad y, en este caso, a los vínculos que se generan en torno al agua como recurso escaso.

Tres ideas surgen del libro: una, la gestión del agua es la gestión de ecosistemas, territorios a los que el agua da vida y permite su existencia; en segundo lugar, las preguntas en torno a la escasez y uso se formulan a partir de la idea anterior, y la toma de decisiones sobre el agua debe ser algo compartido dentro de una tradición democrática; y por último, los mercados han de funcionar como lugares de intercambio, reunión y cultura, socialmente eficientes. De esta forma, la nueva economía del agua aúna la naturaleza del recurso dentro de un ecosistema, el sustento del territorio, las personas y actividades que hacen uso del agua, y los mercados donde se cruzan ofertas y demandas y de donde surgen precios y criterios para la asignación del recurso y un uso adecuado del mismo.

Cuando se utiliza el agua, no es sólo un recurso sino todo un ecosistema sobre lo que se actúa, y es necesaria no sólo para consumo sino para que un paisaje, jardines, un río o lago, existan. Así pues, su gestión no es sólo un problema técnico o económico de abastecimiento, sino de política social. Las decisiones no pueden basarse sólo en la rentabilidad de un cultivo o un uso turístico o industrial, porque entre otras cosas, ni los balances privados ni los precios incorporan los enormes costes de las infraestructuras públicas. El agua no es un activo privado, y la propiedad del mismo, o de su uso, tiene siempre importantes implicaciones distributivas.

Se discute la cultura expansionista que vivimos y el uso desmesurado del recurso. Entre 1990 y 2000, las obras públicas han llevado la capacidad de almacenar agua en España desde apenas 100 hectómetros cúbicos a casi 50.000; la capacidad de almacenar agua hoy es evidentemente mayor a la del agua que efectivamente se recoge, por lo que se argumenta que la escasez es social y causada por una gestión deficiente. La reciente discusión sobre trasvases nos ha dejado la sensación de que se improvisaba y que algo no funciona en el marco de toma de decisiones; la misma forma en que se ha resuelto por la naturaleza, con lluvias tan persistentes como antes lo era la sequía, refuerza esta perplejidad.

Una normativa o ley de aguas tendrá que apoyarse en las ideas que surgen de este libro: la transformación del agua para hacerla utilizable, conducirla, regular las corrientes, almacenarla, trasvasarla, depurarla, desalarla, una política de uso y de precios, exigen una visión del agua como parte de un ecosistema, y sobre todo facilitar y garantizar el debate público con una información exhaustiva sobre el problema.

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