LA vida aquí no es vida, es un desperdicio lúgubre de tiempo. Estas palabras de Ingrid Betancourt, contenidas en una carta que pudo dirigir a su madre en octubre pasado, describen el infierno que ha padecido la política colombiana durante los seis años y medio que ha permanecido en cautiverio. Seis años y medio sin luz ni agua corriente, durmiendo en una hamaca tendida entre dos palos, en distintos lugares de la selva, separada de su madre y de sus hijos, enferma de varias enfermedades, amenazada de muerte cada día y cada hora, agarrada sólo a su fe. La no vida.

Como tantos otros de sus compatriotas, convertidos en rehenes de una guerra que no declararon, rehenes todavía porque para ellos nada ha terminado, aunque la liberación de Ingrid probablemente sea una luz de esperanza que ni siquiera van a conocer, pero que está ahí, menos azarosa que nunca. Porque con el rescate de la ex candidata presidencial la guerrilla de las FARC ha perdido su pieza más valiosa y emblemática, la única que ha movilizado al mundo rico, la "joya colombo-francesa", como la llamaban sus secuestradores.

Es un exceso llamar guerrilla a eso que pervive en Colombia. Un exceso, y una infamia retroactiva para los españoles de principios del siglo XIX para los que se inventó esta palabra en su lucha contra el invasor. Serían guerrilleros los que se echaron al monte hace cuarenta años aguijoneados por la injusticia social y un sistema político corrupto y opresor. Pero hace ya tiempo, mucho tiempo, que han pasado de guerrilleros a bandidos. Una pandilla de dirigentes dedicados a la extorsión y el narcotráfico al mando de varios miles de individuos que llegaron allí empujados por la ignorancia y la miseria, cuando eran adolescentes, y ya no saben hacer otra cosa. Un ejemplo paradigmático del modo en que las utopías más nobles de unos pocos se transforman en un abismo cruel y sanguinario para muchos.

Si han durado tanto ha sido quizás por los errores de los gobernantes colombianos que los han combatido -como la creación y fomento de los paramilitares, la otra cara del crimen organizado bajo apariencia política- y por la simpatía ambiental de cierta izquierda influyente en el ámbito internacional, comodísima partidaria de las revoluciones exóticas, que son la munición de fogueo para descargar su mala conciencia burguesa. Ahora, sin cobertura política ni estratégica externa, con varios de sus principales jefes muertos, desertores o vendidos por sus lugartenientes -el signo inequívoco de la decadencia final-, y la mitad de sus efectivos entregándose, el rescate de Ingrid Betancourt puede ser la puntilla.

Colombia, como Ingrid, verá pronto la luz.

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